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Tema: Escuchemos al que fue instruido por Dios
Vivimos en un mundo lleno de voces. Todo el tiempo alguien quiere enseñarnos algo: cómo pensar, cómo vivir, qué valorar, qué perseguir y hasta cómo definir el éxito. Pero no todas las voces merecen la misma atención. Algunas confunden, otras cansan, y muchas terminan alejando a las personas de Jehová. Por eso, cuando pensamos en nuestra vida espiritual, surge una pregunta muy importante: ¿a quién debemos escuchar de verdad?. La respuesta que da la Biblia es clara: escuchemos al que fue instruido por Dios.
Y eso nos lleva directamente a Jesús. Muchas personas admiran a Jesús por su bondad, por sus milagros o por su forma de tratar a la gente. Pero a veces no se detienen a pensar en algo fundamental: antes de venir a la Tierra, Jesús fue preparado personalmente por Jehová. No vino improvisando. No habló por su cuenta. No actuó movido por ideas humanas. Jesús fue enseñado por el mejor Instructor que existe: Jehová Dios.
Fijémonos en la profecía de Isaías 50:4. Allí leemos: “El Señor Soberano Jehová me ha dado la lengua de los instruidos, para que sepa responder al cansado con las palabras adecuadas. Él me despierta mañana tras mañana; despierta mi oído para que escuche como los que reciben enseñanza”. Qué palabras tan bonitas. Aquí se nos presenta una imagen muy tierna y profunda: Jehová, como un maestro amoroso, despierta a su Hijo “mañana tras mañana” para enseñarle.
Esta expresión transmite la idea de una enseñanza continua, cercana y muy personal. Como si Jehová llevara a su Hijo a una escuela celestial cada mañana y le enseñara lo que debía decir, cómo debía hablar, cómo debía pensar y cómo debía ayudar a otros. No se trataba de una preparación superficial. Jehová estaba formando a su Hijo para la misión más importante que se realizaría en la Tierra.
Pensemos un momento en lo que eso implica. Jesús, el Hijo primogénito de Dios, era perfecto. Ya tenía una posición elevadísima. Ya había participado con Jehová en la creación. Y, aun así, recibió instrucción. Eso nos enseña algo muy valioso: si hasta Jesús aceptó ser enseñado por Jehová, cuánto más nosotros necesitamos esa enseñanza. Nadie puede decir: “Yo ya sé suficiente”, “yo ya entiendo bastante”, “no necesito más guía”. Jesús mismo nos da el ejemplo de alguien que valoró profundamente lo que Jehová le enseñaba.
Y notemos también el propósito de esa enseñanza. Isaías 50:4 dice que Jehová le dio “la lengua de los instruidos” para que supiera responder al cansado con las palabras adecuadas. Qué detalle tan bonito. Jehová no preparó a Jesús solo para transmitir información, sino para llegar al corazón de las personas. Le enseñó a usar palabras que animaran, consolaran y fortalecieran. Y eso fue exactamente lo que Jesús hizo en la Tierra. Cuando hablaba, cansados, agobiados, enfermos, personas cargadas por la culpa o por la tristeza, encontraban alivio en sus palabras.
Eso debería hacernos pensar. Hoy también vivimos rodeados de personas cansadas. Cansadas emocionalmente, cansadas mentalmente, cansadas por la incertidumbre, por los problemas familiares, por la presión económica o por el vacío espiritual. Y si queremos ayudarlas de verdad, no bastan nuestras opiniones. Necesitamos aprender de Jehová y de su Hijo, para saber usar “las palabras adecuadas”. Cuánto bien puede hacer un comentario bien pensado, una respuesta bíblica dada con tacto, una conversación basada en amor y en verdad.
Ahora bien, el segundo punto es muy importante: Jesús aprendió con muchas ganas. Leamos Isaías 50:5: “El Señor Soberano Jehová me ha abierto el oído, y yo no fui rebelde. No me volví en dirección contraria”. Ahí vemos la actitud de Jesús frente a la instrucción de su Padre. Jehová le abrió el oído, por decirlo así, pero Jesús también puso de su parte. No fue rebelde. No se resistió. No dio media vuelta. No dijo: “Esto es demasiado”, o “yo prefiero hacerlo a mi manera”. Al contrario, recibió la enseñanza con disposición y con humildad.
Eso es especialmente admirable cuando recordamos que Jehová le enseñó a su Hijo no solo las alegrías de su misión, sino también lo que implicaría ser el Mesías: rechazo, sufrimiento, humillación y muerte. Jesús llegó a saber lo que tendría que soportar. Y aun así, no perdió las ganas de aprender. No se echó atrás. No dejó de escuchar. Siguió confiando plenamente en su Padre.
Qué gran lección para nosotros. A veces aceptamos con gusto la enseñanza de Jehová cuando nos consuela, nos anima o nos promete bendiciones. Pero ¿qué pasa cuando esa enseñanza nos corrige, nos exige cambios o nos pide aguante? ¿Seguimos escuchando con el mismo deseo? Jesús sí lo hizo. Aunque sabía que obedecer a Jehová implicaría sacrificio, nunca dejó de tener una actitud enseñable.
Y esa actitud no se quedó en el cielo. Cuando vino a la Tierra, siguió demostrando que amaba la enseñanza de su Padre. La Biblia dice que asistía fielmente a la sinagoga y al templo. No iba solo a enseñar; también iba porque valoraba la adoración a Jehová y quería estar donde se impartía la enseñanza espiritual. Eso nos ayuda a sacar una conclusión muy práctica: si queremos mantener vivo y fuerte nuestro amor por Jehová, tenemos que seguir el ejemplo de Jesús en este punto.
¿Y cómo lo hacemos hoy? Asistiendo de forma regular a las reuniones cristianas, preparándonos para ellas, escuchando con atención, participando y tomando en serio la enseñanza que Jehová nos da por medio de su Palabra y de su organización. A veces, con el paso del tiempo, alguien puede empezar a asistir por rutina, como si las reuniones fueran una costumbre más. Pero Jesús no veía así la enseñanza de su Padre. Él la valoraba. La buscaba. La escuchaba con ganas.
Por eso, cada uno de nosotros haría bien en preguntarse: ¿Tengo yo muchas ganas de que Jehová me enseñe?. ¿Se nota en mi actitud al leer la Biblia? ¿En mi manera de prepararme para las reuniones? ¿En cómo escucho? ¿En si aplico lo que aprendo? Porque no basta con estar presente físicamente. Jehová quiere que tengamos el oído abierto, como Jesús, y que no seamos rebeldes ni nos volvamos en dirección contraria.
Ahora llegamos al tercer punto: quienes temen a Jehová escuchan la voz de su siervo, Jesús. Leamos Isaías 50:10: “¿Quién entre ustedes teme a Jehová y escucha la voz de su siervo? ¿Quién ha andado en profunda oscuridad, sin nada de luz? Que confíe en el nombre de Jehová y que se apoye en su Dios”. Aquí la profecía relaciona directamente dos cosas: temer a Jehová y escuchar la voz de su siervo. En otras palabras, nadie puede decir que teme a Jehová si al mismo tiempo ignora la voz de Jesús.
Y eso encaja perfectamente con las palabras del propio Jesús en Juan 10:27, donde dijo: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen”. Las ovejas de Jesús no solo lo oyen; lo escuchan de verdad, reconocen su voz y lo siguen. Eso implica atención, confianza y obediencia.
Pero pensemos en algo muy realista. Isaías 50:10 menciona a alguien que ha andado “en profunda oscuridad, sin nada de luz”. Qué descripción tan fuerte. A veces un cristiano puede pasar por etapas así. Tal vez no vea con claridad qué hacer. Quizá esté luchando con una prueba, una tristeza, una decepción o una gran incertidumbre. En esos momentos, la respuesta no es aislarse ni apoyarse solo en el propio criterio. Isaías dice: “Que confíe en el nombre de Jehová y que se apoye en su Dios”. ¿Y cómo demuestra esa confianza? Escuchando la voz del siervo de Jehová, Jesús.
Eso también tiene una aplicación práctica muy bonita. Cuando estamos confundidos, cansados o bajo presión, lo más seguro que podemos hacer es volver a lo que Jesús enseñó y al ejemplo que dejó. Preguntarnos: ¿Qué pensaría Jesús? ¿Cómo actuaría Jesús? ¿Qué me enseñó sobre esta situación?. Porque escuchar a Jesús no es admirarlo desde lejos. Es dejar que su voz guíe nuestras decisiones.
Y aquí encaja muy bien el texto de 1 Pedro 2:21, que dice: “De hecho, para esto fueron llamados, porque el propio Cristo sufrió por ustedes y así les puso el ejemplo para que siguieran fielmente sus pasos”. Fijémonos en la expresión “seguir fielmente sus pasos”. Jehová no quiere que Jesús sea solo una figura inspiradora. Quiere que lo imitemos. Que sigamos su ejemplo de obediencia, de humildad, de amor por la enseñanza divina y de fidelidad bajo prueba.
Así que la pregunta para meditar es muy buena: “¿Cómo puedo demostrar que, al igual que Jesús, tengo muchas ganas de que Jehová me enseñe?”. Cada uno puede responderla personalmente, pero pensemos en algunas maneras concretas.
Podemos demostrarlo sacando tiempo de calidad para leer la Biblia, no de manera apresurada, sino con deseo de aprender. Podemos demostrarlo preparándonos mejor para las reuniones, en vez de escuchar de forma pasiva. Podemos demostrarlo aceptando corrección sin ofendernos, sin justificarnos enseguida y sin resistirnos. Podemos demostrarlo orando antes de tomar decisiones, buscando qué piensa Jehová en lugar de hacer simplemente lo que nos parece más fácil. Y también podemos demostrarlo escuchando de verdad a Jesús en nuestro ministerio, en nuestra familia, en nuestra conducta y en la manera en que tratamos a los demás.
Pensemos por un momento en lo diferente que sería nuestra vida si imitáramos a Jesús más de cerca en este punto. Seríamos más enseñables, menos impulsivos, más dispuestos a escuchar. No reaccionaríamos con orgullo cuando la Biblia nos corrige. No veríamos la guía espiritual como una molestia. Más bien, la valoraríamos como Jesús valoraba la enseñanza de su Padre. Y eso nos protegería muchísimo.
El mundo admira a las personas seguras de sí mismas, a quienes “nadie les dice lo que tienen que hacer”. Pero en la Biblia, el ejemplo perfecto no es alguien independiente de Dios, sino alguien completamente receptivo a la enseñanza divina. Jesús fue grande precisamente porque escuchó perfectamente a su Padre. Y si nosotros queremos ir bien, tenemos que hacer lo mismo.
Así que, al cerrar este discurso, quedémonos con esta idea clara: escuchemos al que fue instruido por Dios. Jehová preparó a su Hijo para su ministerio. Jesús aprendió con muchas ganas y nunca fue rebelde. Y quienes de verdad temen a Jehová escuchan hoy la voz de ese siervo fiel, Jesús.Que cada uno de nosotros siga meditando en esta pregunta: ¿Cómo puedo demostrar que, al igual que Jesús, tengo muchas ganas de que Jehová me enseñe?. Si lo hacemos, no solo admiraremos a Jesús; lo imitaremos. Y al escuchar su voz y seguir fielmente sus pasos, estaremos escuchando al mismo tiempo a Jehová, el mejor Instructor que existe.




Gracias por por dar está información Jehová les siga bendiciendo,