Tesoros de la Biblia para la semana del 27 de Abril al 3 de Mayo de 2026

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DISCURSO

Tema: Felices de tener a Jehová en nuestra vida

Cuando una persona se ve en apuros de verdad, se nota enseguida en quién confía. Mientras todo va más o menos bien, muchos creen que tienen su vida bajo control. Pero cuando llega una crisis, cuando aparece el miedo, la angustia o la incertidumbre, queda al descubierto dónde estaba puesta su seguridad. Y eso es justo lo que muestran con claridad las palabras de Isaías 57. Allí Jehová contrasta dos maneras de vivir: la de quienes ponen su confianza en cosas vacías, y la de quienes lo tienen a él en su vida. Por eso, el tema de hoy es muy oportuno: “Felices de tener a Jehová en nuestra vida”.

Vamos a desarrollar tres ideas. Primero, que los ídolos no pueden escuchar a quienes les gritan por ayuda. Segundo, que quienes no tienen a Jehová en su vida viven agitados y no están unidos. Y tercero, que no hay paz para los malvados. Al repasarlas, veremos por qué es una felicidad tener una buena relación con Jehová.

Comencemos con la primera idea. Leamos Isaías 57:13. Jehová dice: “Cuando grites por ayuda, tu colección de ídolos no te salvará. Un viento se los llevará a todos, un simple soplo se los llevará, pero el que se refugia en mí heredará esta tierra y tomará posesión de mi santa montaña.” Qué contraste tan claro. Por un lado, están los ídolos, que no salvan a nadie. Por otro lado, está Jehová, que protege y bendice a quien se refugia en él.

En tiempos de Judá, el pueblo había acumulado una verdadera “colección de ídolos”. Y eso revelaba algo muy triste: aunque seguían usando el nombre de Jehová, su corazón estaba dividido. Buscaban seguridad en otros dioses, en otras alianzas, en otras fuentes de apoyo. Pero Jehová dejó claro que toda esa falsa confianza no serviría de nada. Y así ocurrió. En el año 607 antes de nuestra era, cuando llegó la calamidad, aquellos ídolos no salvaron a nadie. Un simple soplo, por decirlo así, se los llevó. Jerusalén fue destruida, el templo fue quemado y la mayoría de sus habitantes fueron llevados cautivos.

La lección es muy seria. Lo que sustituye a Jehová nunca sostiene de verdad. Mientras no hay problema, puede parecer fuerte, útil o atractivo. Pero cuando llega la prueba, se revela lo que realmente vale. Y hoy pasa algo parecido. Quizás ya no mucha gente adore imágenes literales, pero sí existen ídolos modernos. Para algunos, el dinero es su seguridad. Para otros, lo es la política, el prestigio, el placer, la tecnología o incluso su propia opinión. Y mientras todo parece estable, creen que esas cosas los sostendrán. Pero cuando la vida sacude, ninguna de ellas puede dar verdadera protección.

Por eso también es tan importante lo que se dice acerca de la cristiandad y del resto de Babilonia la Grande. Su gran colección de ídolos tampoco la librará en el día de la cólera de Jehová. Será devastada junto con todo el conglomerado mundial de religiones falsas. Qué alegría nos da haber obedecido el mandato de Revelación 18:4: “Sálganse de ella, pueblo mío”. Y qué importante es mantenernos firmes en esa decisión. Nunca volvamos a ella ni a sus caminos.

En cambio, fíjese en la parte final de Isaías 57:13: “pero el que se refugia en mí heredará esta tierra y tomará posesión de mi santa montaña.” Jehová no solo denuncia lo falso; también muestra el camino seguro. Refugiarse en él sí trae resultados. Tener a Jehová en nuestra vida no significa que no haya pruebas, pero sí significa que tenemos a quién acudir, en quién apoyarnos y de quién recibir verdadera ayuda.

Eso nos lleva al segundo punto: quienes no tienen a Jehová en su vida viven agitados y no están unidos. Leamos Isaías 57:20: “Pero los malvados son como el mar agitado que no puede calmarse, cuyas aguas siguen arrojando algas y fango.” Qué imagen tan gráfica. Jehová compara a los malvados con un mar revuelto, agitado, inestable. Nunca está quieto. Nunca transmite calma. Siempre está arrojando suciedad.

Esa comparación describe muy bien a la sociedad humana alejada de Jehová. El mundo presume de progreso, de libertad, de avances, pero en realidad está profundamente agitado. Basta ver cómo la gente se divide por cuestiones políticas, sociales, raciales, económicas o ideológicas. Hay enfrentamientos constantes, violencia sin sentido, odio, tensión y desconfianza. La gente vive alterada, ofendida, crispada, muchas veces sin paz interior y sin verdadera unión.

Y no puede ser de otra manera. Si Jehová no está en la vida de una persona o de una sociedad, falta el único fundamento sólido para la paz y la unidad. Sin él, todo se vuelve inestable. Hoy una idea entusiasma, mañana decepciona. Hoy un líder parece la solución, mañana defrauda. Hoy una corriente arrastra a miles, mañana desaparece. Es como el mar: mucho movimiento, mucho ruido, pero nada firme.

Qué distinto es el pueblo de Jehová. Mientras el mundo se divide, Jehová produce paz y unidad entre sus siervos. Y esa diferencia no es casualidad. Sofonías 3:17 muestra que Jehová se alegra de su pueblo. Sin duda, a él le produce gozo ver el contraste entre un mundo agitado y una congregación unida. No porque nosotros seamos perfectos, sino porque tenemos a Jehová en nuestra vida y eso cambia nuestra manera de pensar, de reaccionar y de tratar a los demás.

Pensemos en esto con sinceridad. En cualquier lugar de la Tierra, hermanos de distintas edades, culturas, idiomas y antecedentes pueden reunirse en paz, adorando juntos al mismo Dios. Eso no lo produce una ideología humana. Eso lo produce Jehová. Por eso somos felices de tenerlo en nuestra vida. Porque él nos da una estabilidad que el mundo no puede ofrecer. Nos ayuda a no ser arrastrados por el ambiente, por las polémicas del momento o por las emociones descontroladas. Nos enseña a mantener la calma, la paz y la unidad.

Y eso enlaza directamente con el tercer punto: no hay paz para los malvados. Leamos Isaías 57:21: “No hay paz para los malvados”, dice mi Dios. Qué declaración tan clara. Jehová no deja lugar a dudas. El malvado puede aparentar seguridad, diversión, éxito o poder. Puede tener dinero, influencias o reconocimiento. Pero paz verdadera, no la tiene.

¿Y por qué? Porque la paz de verdad solo puede venir de Jehová. Él es el Dios de la paz y la Fuente de la paz. Además, la paz es fruto de su espíritu. Por eso, solo los que están en paz con Dios pueden tener verdadera paz. Las transgresiones serias estorban la relación con Jehová y perturban interiormente a quien las practica. Tal como dijo el salmista, el pecado roba la paz. Así que no puede haber paz donde no hay justicia, rectitud ni buena relación con Jehová.

Eso explica por qué el mundo busca tanto la paz y encuentra tan poca. La busca en vacaciones, en dinero, en distracciones, en tratamientos, en relaciones o en cambios externos. Pero sin Jehová, esa paz no llega a ser profunda ni duradera. En cambio, los que están plenamente dedicados a Jehová, aman su ley y escuchan sus mandamientos sí pueden disfrutar de paz verdadera. Isaías 48:18 lo expresa de una manera preciosa al decir que la paz del obediente puede llegar a ser como un río.

Por eso, la pregunta para meditar al final del discurso es muy valiosa: “¿Cómo ha mejorado mi vida desde que tengo una buena relación con Jehová?” Es una pregunta personal, pero muy poderosa. Tal vez antes había más inquietud, más vacío, más miedo al futuro, más confusión. Y ahora hay más claridad, más propósito, más paz interior. Tal vez antes uno se dejaba llevar más por el ambiente, por la presión o por la necesidad de agradar a otros. Y ahora hay más equilibrio, más unidad con el pueblo de Jehová y más confianza en él.

Quizás algunos recuerden que antes buscaban seguridad en otras cosas. Tal vez en lo material, en amistades equivocadas, en metas puramente personales o en ideas del mundo. Pero ninguna de esas cosas daba verdadera paz. En cambio, al conocer a Jehová, al acercarse a él y al vivir de acuerdo con sus caminos, la vida cambió para bien. No porque desaparecieran todos los problemas, sino porque ahora hay una relación con el único que puede sostenernos de verdad.

Así que, al repasar estos tres puntos, la conclusión es clara. Los ídolos no pueden salvar a quienes les gritan por ayuda. Los que no tienen a Jehová en su vida viven agitados y sin verdadera unidad. Y no hay paz para los malvados. Pero el que se refugia en Jehová sí tiene futuro, sí tiene estabilidad y sí puede disfrutar de paz verdadera.

Por eso, qué felices somos de tener a Jehová en nuestra vida. Él no es como los ídolos, que no oyen ni responden. Él escucha. Él guía. Él protege. Él da paz. Y él une a su pueblo. De modo que hagamos todo lo posible por mantenernos muy cerca de Jehová. Nunca pongamos nuestra confianza en sustitutos. Nunca envidiemos la aparente seguridad de este mundo. Y nunca olvidemos que la felicidad verdadera no está en tener más cosas, más reconocimiento o más libertad para hacer lo que uno quiera. La felicidad verdadera está en tener a Jehová en nuestra vida.

Así que sigamos refugiándonos en él. Sigamos apartándonos por completo de Babilonia la Grande y de sus caminos. Sigamos valorando la paz y la unidad que Jehová da a su pueblo. Y sigamos meditando en esta pregunta: “¿Cómo ha mejorado mi vida desde que tengo una buena relación con Jehová?”. Cuanto más pensemos en ello, más convencidos estaremos de algo muy hermoso: somos realmente felices de tener a Jehová en nuestra vida.

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