Tema: Predicó con valor
Hay personas que parecen valientes por naturaleza. Hablan con seguridad, no se intimidan fácilmente y afrontan los problemas sin vacilar. Pero la historia de Jeremías nos enseña algo muy animador: para ser valiente no hace falta haber nacido con una personalidad fuerte.
Cuando Jehová lo nombró profeta, Jeremías intentó excusarse diciendo que no sabía hablar y que solo era un muchacho. Sin embargo, con el tiempo llegó a anunciar los mensajes de Jehová con tanta firmeza que su reputación de valentía se mantuvo durante siglos.
Eso no significa que nunca sintiera miedo, dolor o desánimo. Jeremías fue insultado, golpeado, encerrado y perseguido. En cierto momento incluso pensó en dejar de predicar. Pero consiguió seguir adelante porque confiaba plenamente en Jehová y comprendía que el mensaje que llevaba era demasiado importante como para guardárselo.
Veamos primero que Jeremías fue perseguido por llevar el mensaje de condena de Jehová.
Leamos Jeremías 20:2 y 8:
“Entonces Pasjur golpeó al profeta Jeremías y lo puso en el cepo que había en la Puerta Superior de Benjamín, que estaba en la casa de Jehová. Porque, cada vez que hablo, tengo que gritar y anunciar: ‘¡Violencia y destrucción!’. Y las palabras de Jehová han hecho que la gente me insulte y se burle de mí todo el día”.
Pasjur no se limitó a rechazar el mensaje. Golpeó a Jeremías y lo puso en el cepo. Este instrumento no solo restringía el movimiento y causaba dolor. También exponía públicamente a la persona a la humillación. Jeremías quedó allí, probablemente durante horas, ante las miradas y las burlas de quienes pasaban.
¿Y por qué recibió aquel trato? No porque hubiera cometido un delito, sino porque estaba comunicando fielmente las palabras de Jehová. Tenía que anunciar que vendrían violencia y destrucción como consecuencia de la desobediencia del pueblo. Era un mensaje necesario, pero no era agradable de escuchar.
Jeremías reconoció que la gente lo insultaba y se burlaba de él “todo el día”. No podemos pensar que aquello no le afectaba. Era un ser humano con sentimientos. Las palabras crueles, el rechazo y las humillaciones le causaban dolor.
Además, su labor no duró unas pocas semanas. Durante más de sesenta y cinco años tuvo que seguir transmitiendo mensajes que la mayoría no quería escuchar. Muchos lo consideraban un catastrofista, alguien que solo anunciaba desgracias. Incluso hubo quienes lo acusaron de debilitar al pueblo.
Sin embargo, Jeremías no estaba inventando el mensaje ni disfrutaba anunciando calamidades. Estaba obedeciendo a Jehová. Sabía que advertir a las personas podía darles la oportunidad de arrepentirse y salvar la vida.
Nosotros también podemos encontrar oposición al predicar. Quizás no nos golpeen ni nos pongan en un cepo, pero pueden burlarse de nosotros, tratarnos con desprecio o decir que nuestro mensaje es negativo. Algunos compañeros de trabajo o de estudios podrían ridiculizar nuestras creencias. Incluso un familiar puede intentar que dejemos de hablar de Jehová.
Cuando ocurra, recordemos a Jeremías. El rechazo no significa que estemos haciendo algo mal. Muchas veces, las personas rechazan el mensaje porque no desean cambiar. Lo importante es que nosotros sigamos hablando con respeto, bondad y valor.
Ahora bien, la presión llegó a afectar tanto a Jeremías que, durante un momento de profundo desánimo, pensó en rendirse.
Ese es el segundo punto: Jeremías se desanimó y pensó en dejar de hablar.
Leamos Jeremías 20:9:
“Entonces dije: ‘No hablaré de él y no hablaré más en su nombre’. Pero sus palabras se volvieron en mi corazón como un fuego ardiente encerrado en mis huesos, y me cansé de contenerlas; no pude soportarlo más”.
Jeremías llegó a decir: “No hablaré más en su nombre”. Después de tantos insultos, burlas y malos tratos, debió de sentir que ya no podía continuar. Quizás pensó que guardar silencio le evitaría sufrimiento.
Este detalle hace que su ejemplo sea todavía más valioso. Jeremías no era valiente porque nunca se desanimara. Fue valiente porque, aunque se desanimó, no permitió que aquel sentimiento lo venciera.
A nosotros también puede pasarnos algo parecido. Quizás salgamos a predicar y encontremos indiferencia o rechazo. Tal vez llevemos tiempo intentando ayudar a alguien sin ver resultados. O puede que una experiencia desagradable haga que perdamos entusiasmo.
En esos momentos podríamos pensar: “¿Para qué seguir? Nadie escucha. No soy capaz de hablar bien. Quizás sea mejor dejar que otros lo hagan”. Sentir desánimo no significa que hayamos perdido la fe. Pero sí debemos evitar que el desánimo decida por nosotros.
¿Qué ayudó a Jeremías? El mensaje de Jehová se convirtió dentro de él en “un fuego ardiente”. Había llenado tanto su corazón y su mente con las palabras de Dios que no podía guardárselas. Intentó contenerlas, pero no pudo.
Imaginemos un recipiente cerrado que contiene algo cada vez más caliente. La presión aumenta hasta que resulta imposible mantenerlo dentro. Algo parecido sentía Jeremías. Comprendía que las palabras de Jehová eran verdaderas, urgentes y capaces de salvar vidas. Por eso, aunque estaba agotado emocionalmente, no podía permanecer callado.
Esto nos enseña que el valor para predicar no procede solo de la fuerza de voluntad. Se alimenta del amor por Jehová, del convencimiento de que su Palabra es verdadera y del interés sincero por las personas.
Cuanto más estudiamos la Biblia, meditamos en sus promesas y comprendemos el significado de las buenas noticias, más deseamos compartirlas. Si sentimos que nuestro entusiasmo se está debilitando, quizás necesitemos volver a llenar el corazón con las palabras de Jehová.
El tercer punto es que Jeremías pudo seguir predicando con valor porque Jehová le dio fuerzas y porque sabía que sus palabras eran muy importantes.
Recordemos la segunda parte de Jeremías 20:9:
“Pero sus palabras se volvieron en mi corazón como un fuego ardiente encerrado en mis huesos, y me cansé de contenerlas; no pude soportarlo más”.
Y leamos ahora Jeremías 20:11:
“Pero Jehová estuvo conmigo como un temible guerrero. Por eso los que me persiguen tropezarán y no vencerán. Pasarán una gran vergüenza, pues no se saldrán con la suya. Su humillación durará para siempre, nunca será olvidada”.
Jeremías no dijo: “Soy fuerte y no le tengo miedo a nadie”. Dijo que Jehová estaba con él “como un temible guerrero”. Su valor no procedía de una confianza exagerada en sí mismo. Procedía de saber quién estaba a su lado.
Cuando recibió su comisión, Jeremías era indeciso y tímido. Trató de rechazarla diciendo que no sabía hablar. Así que la extraordinaria fortaleza que demostró después no le venía de nacimiento. Jehová lo fue ayudando a superar sus temores.
A lo largo de más de sesenta y cinco años, Jeremías siguió anunciando con firmeza los juicios divinos. Llegó a ser tan conocido por su valentía que, seis siglos más tarde, cuando la gente vio la intrepidez de Jesús, algunos pensaron que podía ser Jeremías resucitado.
¿Cómo llegó aquel joven inseguro a convertirse en un profeta tan valiente? Confiando plenamente en Jehová. Cada vez que afrontaba oposición, comprobaba que Jehová no lo abandonaba. Sus enemigos podían golpearlo, insultarlo o encarcelarlo, pero no podían impedir que se cumpliera la voluntad de Dios.
Nosotros tenemos la misma fuente de valor. Jehová no espera que afrontemos la predicación o la oposición apoyándonos únicamente en nuestra personalidad. Podemos pedirle espíritu santo, sabiduría y serenidad. Cuando sentimos nervios al hablar con alguien, Jehová puede ayudarnos a recordar una idea o un texto adecuado.
También nos fortalece recordar que la Biblia no es fruto de la sabiduría humana. Su mensaje fue transmitido mediante espíritu santo y sigue siendo vivo y poderoso. Cuando lo estudiamos con interés, ese mensaje influye en nuestros pensamientos, nuestras motivaciones y nuestros sentimientos.
Por eso es importante no limitarnos a preparar qué vamos a decir en la predicación. Debemos permitir que el mensaje llegue primero a nuestro propio corazón. Cuando estamos convencidos de que el Reino es la única solución para los problemas humanos, hablamos con más seguridad. Cuando meditamos en la esperanza de la resurrección, deseamos consolar a quienes sufren. Y cuando comprendemos cuánto ama Jehová a las personas, sentimos el deseo de ayudarlas a conocerlo.
Tal vez nunca nos consideremos personas especialmente valientes. Jeremías tampoco comenzó siéndolo. Pero aprendió que el valor no consiste en no sentir temor. Consiste en confiar en Jehová y hacer lo correcto a pesar del temor.
Cuando alguien se burle, recordemos que Jeremías soportó insultos durante años. Cuando nos sintamos desanimados, recordemos que él también pensó en rendirse. Y cuando dudemos de nuestras capacidades, recordemos que Jehová estuvo con él “como un temible guerrero”.
Las palabras de Jehová siguen siendo demasiado importantes como para guardárnoslas. Pueden dar esperanza, consuelo y vida a quienes las escuchan. Por eso, sigamos llenando nuestro corazón con el mensaje bíblico y confiemos en que Jehová nos dará las fuerzas necesarias.
Así, aunque sintamos temor o desánimo, podremos imitar a Jeremías y seguir predicando con valor.
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