Tema: Avancemos al ritmo del carro celestial de Jehová
Cuando pensamos en nuestras obligaciones y preocupaciones, es fácil que toda nuestra atención se concentre en lo que tenemos delante. Pero Jehová nos ayuda a levantar la mirada y a contemplar realidades espirituales que no podemos ver. La visión que recibió Ezequiel nos permite hacer precisamente eso. Nos muestra una organización celestial impresionante y nos invita a preguntarnos si estamos avanzando al ritmo que marca Jehová.
Ezequiel recibió visiones de Dios mientras estaba entre los desterrados en la tierra de los caldeos. En aquellas circunstancias, Jehová le permitió contemplar algo mucho más grande que lo que tenía a su alrededor. El libro que lleva su nombre defiende la adoración pura. Para situarnos en su contenido, veamos el video Información sobre Ezequiel.
Al acercarnos a este libro, conviene recordar que Jehová no nos da estas visiones simplemente para despertar nuestra curiosidad. Nos ayudan a conocerlo mejor y a fortalecer nuestra confianza en él. Por eso, al examinar el carro que vio Ezequiel, no nos quedemos solo con sus detalles extraordinarios. Pensemos también en lo que nos enseñan sobre la organización de Jehová y nuestra actitud hacia su dirección.
El inmenso carro representa la parte celestial de la organización de Jehová. No estamos ante un vehículo literal, sujeto a las limitaciones de una máquina humana. Es una representación de una realidad espiritual. Aun así, cada detalle que Jehová decidió mostrar tiene valor para nosotros. Fijémonos en el tamaño, la estructura y la capacidad de movimiento de sus ruedas mientras leemos Ezequiel 1:16-18.
Ezequiel 1:16-18 — Las ruedas y su estructura parecían brillar como el crisólito, y las cuatro parecían iguales. Su aspecto y su estructura eran como si hubiera una rueda dentro de otra rueda. Cuando se movían, podían ir en cualquiera de las cuatro direcciones sin girar al avanzar. Sus llantas tenían una altura que impresionaba; las llantas de las cuatro estaban llenas de ojos todo alrededor.
Imaginemos a Ezequiel levantando la vista para contemplar aquellas enormes llantas resplandecientes. Sus dimensiones y su brillo transmiten grandeza y gloria. Además, la disposición de las ruedas permite avanzar en cualquier dirección sin tener que girar. Todo parece indicar que cada una se componía de dos ruedas cruzadas en ángulo recto. La imagen destaca una capacidad de maniobra que ningún vehículo construido por seres humanos puede igualar.
Las enormes ruedas podrían recorrer una gran distancia con una sola vuelta. Y el relato describe movimientos comparables a los de un relámpago. Este carro es el vehículo más rápido y maniobrable que existe. Pero su rapidez no significa que avance sin saber adónde va. Las llantas llenas de ojos indican que la parte celestial de la organización de Jehová está al tanto de todo. Nada escapa a la vista de Jehová.
¿Cómo nos ayuda pensar en eso? A veces, una preocupación puede ocupar tanto espacio en nuestra mente que parece eclipsarlo todo. Podemos sentir que nuestras circunstancias son demasiado complicadas o que nadie las comprende por completo. La visión nos recuerda que Jehová sí ve lo que sucede. Cuenta con millones y millones de ángeles que cumplen sus órdenes. Nuestra visión es limitada; la suya, no.
Meditar en estas realidades no elimina automáticamente nuestras dificultades, pero nos ayuda a verlas con otra perspectiva. En lugar de pensar solo en las necesidades diarias, hacemos espacio para lo espiritual. Ahora bien, la rapidez y la capacidad de maniobra del carro plantean una pregunta importante: ¿quién decide hacia dónde avanza? Para confiar plenamente en su dirección, necesitamos fijarnos no solo en las ruedas, sino también en lo que hay encima.
Ezequiel vio por encima de los seres vivientes una plataforma impresionante y, más arriba, algo que parecía un trono. Ese detalle nos lleva al centro de la visión. El carro no se mueve de manera independiente ni sus distintas partes actúan cada una por su cuenta. Hay una dirección común. Escuchemos cómo se describe y quién ocupa la posición más elevada. Leamos Ezequiel 1:20, 26-28.
Ezequiel 1:20,26-28 — Ellos iban adonde el espíritu los impulsaba a ir, fuera adonde fuera el espíritu. Las ruedas se levantaban junto con ellos, porque el espíritu que actuaba en los seres vivientes también estaba en las ruedas. Sobre la plataforma que estaba por encima de sus cabezas, había algo así como una piedra de zafiro, que parecía un trono. Sentado en el trono, en lo alto, había alguien que parecía un ser humano. Vi algo reluciendo como el electro, como un fuego que salía desde lo que parecía ser su cintura y hacia arriba; y, de su cintura hacia abajo, vi algo parecido al fuego. Alrededor de él había un resplandor como el del arcoíris en las nubes de un día lluvioso. Así era la luz brillante que lo rodeaba. Se parecía a la gloria de Jehová. Cuando lo vi, caí rostro a tierra y empecé a oír la voz de alguien que hablaba.
El mismo espíritu actuaba tanto en los seres vivientes como en las ruedas. Por eso sus movimientos estaban coordinados. Y la figura que Ezequiel vio en el trono representaba a Jehová en su gloria. Así entendemos la idea principal: Jehová dirige todos los movimientos del carro. No necesitamos resolver preguntas de mecánica sobre esta visión. Necesitamos captar lo que revela sobre la autoridad y la dirección de nuestro Dios.
Resulta llamativa la combinación de un trono con ruedas. Los tronos de los gobernantes humanos suelen permanecer en un lugar, y su autoridad tiene límites. La soberanía de Jehová es distinta: él puede ejercer su autoridad en cualquier lugar. Para Ezequiel, que se encontraba desterrado, aquella visión ofrecía una razón poderosa para confiar. Sus circunstancias no lo habían situado fuera del alcance de Jehová. Nosotros tampoco debemos pensar así.
Al contemplar aquella manifestación de la gloria divina, Ezequiel cayó rostro a tierra. Su reacción nos invita a cultivar profundo respeto y humildad. Si Jehová dirige el carro, avanzar a su ritmo exige más que admirar la visión. Implica estar dispuestos a escuchar y aprender. En vez de aferrarnos a nuestras preferencias, podemos preguntarnos cómo responder mejor a la enseñanza espiritual que recibimos. Esa disposición se demuestra en decisiones concretas.
Por ejemplo, podemos reservar tiempo para ver el programa mensual de JW Broadcasting, prepararnos para el Estudio de La Atalaya y asistir a las asambleas. Pero no se trata únicamente de estar presentes o de ver un programa completo. Después conviene preguntarnos: ¿qué he aprendido sobre Jehová? ¿Qué necesito poner en práctica? Así, la enseñanza no queda como información que escuchamos, sino que influye en nuestra forma de pensar y actuar.
Llegados aquí, hagamos nuestra la pregunta: ¿qué tengo que hacer para avanzar al ritmo del carro celestial? Tal vez necesitemos organizar mejor nuestro tiempo para aprovechar el alimento espiritual. O quizá ya sabemos qué consejo debemos aplicar, pero lo hemos ido dejando para después. En vez de proponernos muchos cambios a la vez, identifiquemos un paso concreto y demos ese paso. La humildad nos ayudará a seguir aprendiendo y avanzando.
La visión de Ezequiel nos anima a mirar más allá de nuestras preocupaciones. La parte celestial de la organización de Jehová es gloriosa, está al tanto de todo y avanza bajo su dirección. Podemos confiar en quien ocupa el trono. Sigamos escuchando con humildad y aplicando lo que aprendemos. Así demostraremos que deseamos avanzar al ritmo del carro celestial de Jehová.
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