Tema: Tenemos motivos para predicar sin miedo
Antes de llamar a una puerta o de iniciar una conversación sobre la Biblia, quizá sintamos cierto temor. ¿Cómo reaccionará la persona? ¿Sabremos qué decir? Sentir esos nervios no significa que nos falte amor a Jehová. Lo importante es qué hacemos con ellos. La experiencia de Ezequiel nos ayuda a mirar más allá de nuestras limitaciones y a reconocer que tenemos motivos sólidos para predicar sin miedo, incluso cuando esperamos una reacción poco favorable.
Ezequiel recibió una misión difícil. Tendría que hablar a personas que no querían escuchar a Jehová. Por eso, era comprensible que la actitud de aquellas personas pudiera intimidarlo. Pero Jehová no le pidió que confiara únicamente en su propia fortaleza. Le aseguró que lo prepararía para afrontar esa resistencia. Al leer Ezequiel 3:8, 9, fijémonos en quién le daría la firmeza que necesitaba para cumplir su misión.
Ezequiel 3:8-9 — Mira, he hecho tu rostro tan duro como sus rostros y tu frente tan dura como sus frentes. He hecho tu frente como un diamante, más dura que el pedernal. No les tengas miedo, y que sus rostros no te aterroricen, porque son una casa rebelde”.
La comparación con el diamante transmite una idea de gran firmeza. Jehová podía hacer que Ezequiel se mantuviera firme frente a quienes se resistían a su mensaje. No le estaba enseñando a tratar con dureza a las personas, sino a no dejarse paralizar por ellas. Su valor no dependería de encontrar rostros amables. Dependería del apoyo de Jehová. Esa diferencia también puede cambiar nuestra manera de afrontar el ministerio.
Nosotros también necesitamos la ayuda del espíritu santo para predicar. Satanás intenta detener esta obra, y por nuestras propias fuerzas no podríamos hacerle frente. Sin embargo, cada vez que participamos en el ministerio a pesar de la oposición, demostramos que sus amenazas no han conseguido detenernos. El hecho de que sigamos predicando con fidelidad demuestra que Jehová nos está dando fuerzas mediante su espíritu y que contamos con su aprobación.
Pensemos en un publicador que sale a predicar después de recibir una respuesta desagradable. Quizá todavía esté nervioso, pero pide ayuda a Jehová y vuelve a intentarlo. Su valor no consiste en no sentir nada de miedo, sino en seguir adelante confiando en él. Además, una reacción negativa no demuestra que sea un mal predicador. A Ezequiel se le explicó que, al rechazarlo, aquellas personas estaban rechazando a Jehová.
Esto nos lleva a otro motivo para hablar con valor: el mensaje no es nuestro. No tenemos que defender opiniones personales ni convencer a los demás de que nosotros sabemos más. Representamos a Jehová y damos a conocer sus enseñanzas. Pero, para transmitirlas con convicción, primero debemos escucharlas y aceptarlas nosotros mismos. Notemos ese orden en las instrucciones que Jehová le dio a Ezequiel. Leamos Ezequiel 3:10, 11.
Ezequiel 3:10-11 — Él entonces me dijo: “Hijo del hombre, escucha y acepta en tu corazón todas las palabras que te digo. Ve adonde están los desterrados de tu pueblo y habla con ellos. Ya sea que escuchen o se nieguen a escuchar, diles: ‘Esto es lo que dice el Señor Soberano Jehová’”.
Antes de ir a hablar, Ezequiel tenía que escuchar y aceptar en su corazón las palabras de Jehová. No bastaba con repetir un mensaje de memoria. Debía dejar que ese mensaje influyera en él. Lo mismo nos ocurre a nosotros. Cuando leemos la Biblia y meditamos en lo que enseña, nuestra confianza aumenta. Entonces hablamos, no simplemente porque hemos preparado unas frases, sino porque estamos convencidos de lo que Jehová dice.
Por eso, en el ministerio procuramos leer de la Biblia, explicar sus enseñanzas y razonar con las personas. Por ejemplo, al preparar una conversación, podemos preguntarnos: ¿qué enseñanza bíblica quiero transmitir?, ¿qué texto la apoya?, ¿cómo puedo explicar con sencillez la relación entre ambos? Esta preparación nos ayuda a dirigir la atención a la Palabra de Dios. La persona puede ver que no le estamos ofreciendo ideas inventadas por nosotros.
Recordar de dónde viene el mensaje también nos quita una carga: su valor no depende de nuestra facilidad de palabra ni de la respuesta del oyente. Es confiable porque se basa en la Palabra de Dios. Pablo tuvo que cobrar valor para predicar después de sufrir maltrato, y lo consiguió gracias a Jehová. Nosotros también podemos apoyarnos en él y hablar con seguridad, aunque todavía sintamos nervios al comenzar una conversación.
Ahora bien, si algunas personas no quieren escuchar, ¿por qué seguir intentándolo? Porque lo que les llevamos puede salvarles la vida. No predicamos solo para superar nuestros temores o cumplir una tarea. Nos interesan las personas y queremos que tengan la oportunidad de escuchar a Jehová. Las siguientes palabras dirigidas a Ezequiel muestran la seriedad de esa responsabilidad. Leamos Ezequiel 3:18, 19.
Ezequiel 3:18-19 — Si a alguien malvado yo le digo ‘Sin falta morirás’ pero tú no se lo adviertes ni hablas con el malvado para advertirle que deje su mal camino y siga viviendo, él, como es malvado, morirá por su error, pero su sangre te la exigiré a ti. En cambio, si tú le adviertes al malvado y él no deja su maldad ni su mal camino, morirá por su error, pero tú sin falta salvarás tu propia vida.
Jehová dejó claro que Ezequiel debía advertir al malvado. No podía decidir por él ni obligarlo a cambiar, pero sí tenía la responsabilidad de hablar. Si daba la advertencia y la persona la rechazaba, Ezequiel habría cumplido su cometido. Esto nos ayuda a mantener el equilibrio: tomamos muy en serio la predicación, pero no cargamos con la responsabilidad de decidir cómo responderán los demás. Esa decisión les corresponde a ellos.
El ejemplo de Noé también nos anima. Aunque las personas eran indiferentes, cumplió fielmente con su tarea de darles una advertencia. Su perseverancia nos recuerda que la indiferencia no elimina la necesidad de predicar. Seguimos hablando porque deseamos que otros vivan. Y esa labor también está relacionada con nuestra propia salvación, como indica el consejo que Pablo le dio a Timoteo. Leamos 1 Timoteo 4:16.
1 Timoteo 4:16 — Presta constante atención a tu conducta y a tu enseñanza. No dejes de hacer estas cosas, pues así te salvarás a ti mismo y también a los que te escuchan.
Pablo relacionó la perseverancia con prestar atención tanto a la conducta como a la enseñanza. Por tanto, no se trata únicamente de decir las palabras correctas. Queremos vivir de acuerdo con lo que enseñamos y seguir ayudando a quienes nos escuchan. Nuestra manera de vivir debe estar en armonía con el mensaje. Al mismo tiempo, cuidamos nuestra enseñanza para que las personas conozcan lo que realmente dice la Biblia.
Si antes de una conversación nos preocupa quedar mal, podemos cambiar el centro de nuestra atención: en vez de pensar solo en nosotros, pensemos en el bien que puede recibir la persona. Tal vez escuche algo que la impulse a conocer a Jehová. No podemos anticipar su respuesta, pero sí ofrecerle esa oportunidad con respeto. El deseo de ayudarla nos da una razón de mucho peso para vencer nuestros temores.
Así que, cuando volvamos a sentir nervios antes de predicar, recordemos estas tres razones: Jehová nos da las fuerzas que necesitamos, el mensaje viene de él y nuestra labor puede salvar vidas. No necesitamos confiar en nuestra propia capacidad ni medir nuestra fidelidad por la reacción de los demás. Confiemos en Jehová, usemos su Palabra y pensemos en las personas. Con ese apoyo y esos motivos, podemos seguir predicando con valor.
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