Tesoros de la Biblia para la semana del 22 al 28 del mes de junio de 2026

Tesoros de la Biblia para la semana del 22 al 24 de Junio de 2026

Hay cosas de las que una persona puede sentirse orgullosa: sus estudios, su experiencia, sus habilidades, sus logros, sus posesiones o incluso la imagen que proyecta delante de los demás. Y, siendo realistas, vivimos en un mundo que empuja muchísimo en esa dirección. Se valora al que destaca, al que se exhibe, al que recibe aprobación, al que consigue que otros lo admiren.

Pero Jehová nos invita a hacernos una pregunta muy diferente: “¿De qué presumirá usted?”. No en el sentido de ser arrogantes, sino en el sentido de qué nos hace sentir verdaderamente orgullosos, qué valoramos de verdad, qué queremos que otros vean en nosotros y, sobre todo, a quién queremos dar honra.

El profeta Jeremías nos ayuda a corregir el enfoque. En solo dos versículos, Jehová nos enseña de qué no debemos presumir y de qué sí podemos presumir con alegría. Y después, el ejemplo del apóstol Pablo nos muestra cómo ponerlo en práctica con humildad.

El primer punto es este: no tratemos de impresionar a los demás con nuestros logros y habilidades.

Leamos Jeremías 9:23: “Esto es lo que afirma Jehová: ‘Que el sabio no presuma de su sabiduría, que el poderoso no presuma de su poder y que el rico no presuma de sus riquezas’”.

Jehová menciona tres cosas que muchas personas admiran: la sabiduría, el poder y las riquezas. En otras palabras, los conocimientos, la influencia y las posesiones. Para el mundo, estas cosas suelen ser motivo de orgullo. El que sabe mucho quiere que otros lo noten. El que tiene poder quiere que se le reconozca. El que tiene riquezas a veces siente la tentación de exhibirlas.

Pero Jehová dice que el sabio no debe presumir de su sabiduría, el poderoso no debe presumir de su poder y el rico no debe presumir de sus riquezas. ¿Por qué? Porque ninguna de esas cosas convierte a una persona en superior. Además, todas son temporales. La inteligencia puede fallar, el poder puede perderse y las riquezas pueden desaparecer. Si una persona construye su identidad sobre esas cosas, está edificando sobre algo muy inestable.

Esta advertencia es muy actual. Hoy, muchas personas no solo presumen en conversaciones cara a cara. También lo hacen mediante las redes sociales. Y no siempre de forma evidente. A veces se presume con una foto, con un comentario, con una publicación cuidadosamente preparada o con una imagen que busca transmitir: “Mira qué bien me va, mira lo que tengo, mira dónde estoy, mira lo interesante que es mi vida”.

La información de esta semana menciona que, según ciertos estudios, quienes pasan mucho tiempo mirando comentarios y fotografías en las redes sociales pueden acabar sintiéndose solos y deprimidos. ¿Por qué ocurre esto? Porque muchas personas solo suben las mejores imágenes de su vida: sus mejores momentos, sus mejores fotos, sus mejores viajes, sus comidas especiales, sus amistades, sus logros. Y quienes ven esas publicaciones pueden pensar: “Mi vida no es tan emocionante. Mi vida es muy corriente. Otros se divierten más que yo”.

Incluso se menciona el caso de una hermana joven de 19 años que empezó a sentirse frustrada al ver que otros parecían divertirse mucho los fines de semana mientras ella se quedaba en casa aburrida. Ese ejemplo muestra que presumir no solo puede alimentar la vanidad del que publica; también puede afectar emocionalmente a los que observan.

Claro, las redes sociales pueden usarse bien. Pueden ayudarnos a mantener contacto con familiares y amigos. Pero la pregunta es: ¿qué dice de nosotros lo que subimos? ¿Refleja humildad, modestia y empatía? ¿O transmite deseo de llamar la atención? La información plantea preguntas muy buenas: “¿Cómo son los comentarios, las fotos y los videos que subo? ¿Podrían dar la impresión de que estoy presumiendo? ¿Podrían despertar la envidia de los demás?”.

Pensemos en la serie de fotos que se menciona: una hermana joven pensando en subir una selfi, una foto posando con comida de restaurante, una selfi de vacaciones y una foto junto a un automóvil de lujo. Ninguna foto tiene por qué ser mala en sí misma. El punto no es crear reglas. El punto es revisar la motivación. ¿Por qué quiero subir esto? ¿Para compartir algo bonito con personas cercanas? ¿O para impresionar? ¿Para que me admiren? ¿Para parecer más importante de lo que soy?

La información también cita la idea de 1 Juan 2:16, donde se habla de “la ostentación de las cosas que uno tiene”. Un comentario bíblico explica que esa expresión se refiere a alguien que procura hacerse más importante de lo que es. Y ese espíritu no encaja con el cristiano. Nosotros no necesitamos vivir buscando admiración. No necesitamos competir con otros ni despertar envidia.

Gálatas 5:26 nos advierte que no nos volvamos egocéntricos, fomentando competencias y envidias. Así que, si somos humildes, no dejaremos que el espíritu vanidoso de este mundo se nos contagie. No mediremos nuestro valor por los “me gusta”, por los comentarios o por la impresión que causamos. Nuestro valor está en la relación que tenemos con Jehová.

Esto no significa que tengamos que ocultar todo lo bueno que nos pasa o no compartir nunca una alegría. La clave está en la humildad y en el amor. Una persona humilde no vive pendiente de exhibirse. Y una persona empática piensa en cómo puede afectar a otros lo que publica, lo que dice y lo que muestra.

Así que el primer punto nos ayuda a preguntarnos: “¿Estoy tratando de impresionar a los demás? ¿Quiero que otros me admiren por lo que sé, por lo que tengo, por lo que hago o por cómo me veo?”. Jehová nos invita a liberarnos de esa presión. No necesitamos presumir de nosotros mismos.

El segundo punto nos muestra algo mucho mejor: busquemos oportunidades de presumir de Jehová.

Leamos Jeremías 9:24: “Pero que quien presuma lo haga de esto: de tener entendimiento y conocimiento de mí, de que yo soy Jehová, aquel que demuestra amor leal, justicia y rectitud en la tierra, porque estas son las cosas que me gustan’, afirma Jehová”.

Qué contraste tan bonito. Jehová no dice simplemente: “No presumas de nada”. Más bien nos dice cuál es el mejor motivo para presumir: conocerlo a él. Podemos sentirnos profundamente orgullosos de tener a Jehová como nuestro Dios, de conocer su nombre, de entender su personalidad y de saber qué cosas le gustan.

Presumir de Jehová no significa ser arrogantes. Significa hablar de él con orgullo sano, con gratitud y con amor. Significa no avergonzarnos de identificarnos como sus siervos. Significa alegrarnos de que Jehová sea un Dios de amor leal, justicia y rectitud. En un mundo lleno de injusticia, egoísmo y confusión moral, nosotros conocemos al Dios que siempre actúa con rectitud y que ama lo que es justo.

La información lo expresa muy bien: estamos orgullosos del nombre de Jehová. Y a Jehová le encanta que hablemos con orgullo de su nombre y presumamos de él. Presumir de Jehová significa sentirse orgulloso de tener a Jehová como Dios. Para nosotros es un inmenso privilegio honrar su nombre y contribuir a limpiar su reputación.

Este punto es muy importante porque el Diablo quiere justamente lo contrario. Quiere que nos dé vergüenza hablar de Jehová. Quiere que escondamos nuestra identidad cristiana en el trabajo, en clase, en nuestra comunidad o delante de personas que no comparten nuestra fe. Quiere que el nombre de Jehová se olvide. La información menciona que el Diablo y sus falsos profetas quieren que la gente se olvide del nombre de Jehová.

Pero nosotros amamos ese nombre. Por eso queremos alabarlo “todo el día”. No nos avergonzamos de decir que somos testigos de Jehová. Claro, lo hacemos con respeto, sin imponer, sin arrogancia. Pero tampoco escondemos quiénes somos.

Por ejemplo, en el trabajo puede surgir una conversación sobre valores, honradez o decisiones personales. Quizás sea una oportunidad para decir con naturalidad: “Yo intento guiarme por lo que enseña la Biblia” o “como testigo de Jehová, eso es importante para mí”. En la escuela, un joven puede explicar con respeto por qué no participa en ciertas prácticas o por qué procura mantener una conducta limpia. En la comunidad, quizá nuestros vecinos noten que somos personas pacíficas, responsables y serviciales. Todo eso puede abrir una puerta para hablar bien de Jehová.

Y no solo presumimos de Jehová con palabras. También lo hacemos con la conducta. Cuando somos honrados, demostramos que Jehová ama la justicia. Cuando tratamos a otros con bondad, reflejamos su amor leal. Cuando mantenemos normas limpias, mostramos que valoramos su rectitud. Así, nuestra vida puede decir: “Estoy orgulloso de servir a Jehová”.

También es interesante que Jeremías 9:24 no solo dice que conozcamos el nombre de Jehová, sino que tengamos “entendimiento y conocimiento” de él. No basta con saber que Dios se llama Jehová. Queremos conocer cómo es. Jehová demuestra amor leal, justicia y rectitud. Y dice: “estas son las cosas que me gustan”. Así que, si queremos presumir de Jehová, también debemos amar lo que él ama.

Esto nos protege de la vanidad. ¿Por qué? Porque cuanto más conocemos a Jehová, menos necesidad sentimos de llamar la atención hacia nosotros. La persona que está impresionada con Jehová no vive tratando de impresionar a los demás. La persona que valora la gloria de Jehová no necesita fabricar una imagen de sí misma. Su mayor orgullo es pertenecer a Jehová.

El tercer punto nos presenta un ejemplo excelente: sigamos el ejemplo de humildad del apóstol Pablo.

Leamos 1 Corintios 2:1-5: “Así que, cuando fui adonde estaban ustedes, hermanos, no fui a declararles el secreto sagrado de Dios con palabras elevadas o grandes muestras de sabiduría. Porque, cuando estuve con ustedes, decidí centrarme solamente en Jesucristo, y en él ejecutado en el madero. Fui adonde estaban ustedes sintiéndome débil, con temor y mucho temblor. Y, cuando les hablé y les prediqué el mensaje, no lo hice con las palabras persuasivas de los sabios, sino con una demostración de espíritu y poder para que no pusieran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.

Pablo tenía muchas capacidades. Era un hombre preparado, conocía muy bien las Escrituras, sabía razonar, tenía experiencia y podía comunicarse con personas de diferentes culturas. Sin embargo, no quiso que la fe de sus oyentes se apoyara en su habilidad personal. No fue a impresionar con “palabras elevadas” ni con “grandes muestras de sabiduría”. Decidió centrarse en Jesucristo.

La información explica que algunos se jactaban de sus aptitudes personales, pero no tenían un buen corazón. A esas personas, la presencia de Pablo les parecía débil y su forma de hablar les parecía despreciable. Pero Pablo no estaba interesado en parecer brillante. No quería hacer gala de sabiduría humana ni usar poder persuasivo para que la gente lo admirara a él. Quería que la fe de los hermanos se edificara con el poder del espíritu de Dios y se fundara en Cristo, no en la sabiduría de los hombres.

Qué ejemplo tan útil para nosotros. A veces, una persona podría tener habilidades para hablar, enseñar, organizar, cantar, dirigir, estudiar o resolver problemas. Y esas habilidades pueden ser muy útiles en la congregación. Pero el peligro sería empezar a pensar: “Qué bien lo hago”, “qué importante soy” o “qué sería de esto sin mí”. Pablo nos enseña a rechazar ese pensamiento.

Él era colaborador de Dios. No buscaba que otros se apoyaran en él, sino en Jehová. Y eso nos ayuda a ver cualquier asignación o capacidad de la manera correcta. Si damos un comentario, si presentamos un discurso, si dirigimos una reunión para la predicación, si ayudamos a alguien espiritualmente, si tenemos responsabilidades en la congregación, no queremos que otros digan: “Qué impresionante es esta persona”. Queremos que salgan pensando: “Qué bueno es Jehová. Qué sabia es su Palabra. Qué amoroso es su modo de guiarnos”.

La información también menciona que, sin importar cuánta sabiduría del mundo pudiera tener alguien —destreza en oficios, sagacidad en el comercio, habilidad administrativa o conocimientos científicos o filosóficos—, la regla era que quien pensara que era sabio en este sistema de cosas debía hacerse necio para llegar a ser sabio. Es decir, la verdadera sabiduría empieza cuando uno deja de confiar demasiado en sí mismo y acepta humildemente la manera de pensar de Jehová.

Pablo entendía eso. Por eso no presumía de su formación ni de su capacidad. Su mayor deseo era que otros conocieran a Jehová y pusieran fe en Cristo. En ese sentido, Pablo puso en práctica lo que decía Jeremías: si alguien presume, que presuma de Jehová.

¿Cómo podemos imitar a Pablo? Primero, preparando bien nuestras asignaciones, pero orando para que Jehová nos ayude y no buscando lucirnos. Segundo, usando nuestras habilidades para servir, no para competir. Tercero, alegrándonos cuando otros también hacen bien las cosas. Y cuarto, recordando que cualquier capacidad que tengamos es un regalo que debe usarse para honrar a Jehová.

Pensemos en la diferencia entre dos actitudes. Una persona orgullosa usa sus capacidades para atraer atención hacia sí misma. Una persona humilde usa sus capacidades para dirigir la atención hacia Jehová. Una persona orgullosa quiere que otros la admiren. Una persona humilde quiere que otros se acerquen a Jehová. Pablo eligió la segunda actitud, y ese es el ejemplo que queremos seguir.

Así que volvamos a la pregunta del tema: ¿De qué presumirá usted?

El mundo nos empuja a presumir de sabiduría, poder, riquezas, experiencias, imagen, logros o posesiones. Incluso las redes sociales pueden convertirse en una vitrina para buscar admiración. Pero Jehová nos ofrece una razón mucho más noble para sentir orgullo: conocerlo a él, llevar su nombre, hablar de su amor leal, su justicia y su rectitud.

Por eso, no tratemos de impresionar a los demás con lo que somos o tenemos. Más bien, busquemos oportunidades de hablar bien de Jehová. Y, como Pablo, usemos cualquier capacidad que tengamos con humildad, para que la fe de otros no se apoye en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

Si hacemos eso, estaremos libres de la presión de aparentar. No necesitaremos competir ni compararnos. Nuestro mayor orgullo será decir, con nuestras palabras y con nuestra conducta: “Jehová es mi Dios, conozco su nombre y quiero honrarlo”.

Que cada uno de nosotros pueda presumir, no de sí mismo, sino de Jehová, porque conocerlo, servirle y llevar su nombre es el mayor honor que podemos tener.

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