Tema: Mantente moralmente limpio en un mundo moralmente sucio
Cuando queremos conservar limpia una prenda, no basta con haberla lavado. También tenemos que evitar aquello que podría ensuciarla. Con nuestra limpieza moral ocurre algo parecido: necesitamos cuidarla cada día. Vivimos rodeados de actitudes y conductas que Jehová desaprueba, pero no estamos obligados a adoptarlas. Lo que Ezequiel escribió sobre la situación de su pueblo nos ayuda a reconocer ese peligro y a proteger nuestra amistad con Jehová.
En Judá, la corrupción no era un problema limitado a unas pocas personas. Se había extendido desde los gobernantes hasta la gente en general. Al escuchar Ezequiel 22:6-12, fijémonos tanto en las conductas que Jehová condenaba como en lo que revelaban sobre la relación del pueblo con él.
Ezequiel 22:6-12 — Fíjate, todos los jefes de Israel que hay en ti usan su autoridad para derramar sangre. Dentro de ti se trata al padre y a la madre con desprecio. Se comete fraude contra los residentes extranjeros y se maltrata a los huérfanos y a las viudas”’”. “‘Tú desprecias mis lugares santos y profanas mis sábados. Dentro de ti hay calumniadores decididos a derramar sangre. Dentro de ti hay gente que come sacrificios en las montañas. Y en medio de ti tienen un comportamiento obsceno. Dentro de ti deshonran la cama de su padre y violan a la mujer que está impura por la menstruación. Dentro de ti, un hombre actúa de manera detestable con la esposa de su prójimo, otro deshonra a su propia nuera actuando de modo obsceno y otro viola a su hermana, la hija de su propio padre. Dentro de ti aceptan sobornos para derramar sangre. Tú prestas cobrando intereses o para sacar beneficio y consigues dinero extorsionando a tu prójimo. Sí, te has olvidado de mí por completo’, afirma el Señor Soberano Jehová.
¡Qué doloroso debió de ser para Jehová contemplar aquella situación! Los gobernantes empleaban su autoridad para derramar sangre, y la gente imitaba su mal ejemplo. La corrupción también había entrado en los hogares: se despreciaba a los padres y se cometían graves pecados sexuales. Además, quienes necesitaban protección, como los residentes extranjeros, los huérfanos y las viudas, sufrían abusos. La codicia había desplazado al amor que debía guiar el trato entre las personas.
El final del pasaje señala la raíz del problema: el pueblo se había olvidado de Jehová. No era simplemente que desconociera sus normas. Las pasaba por alto al tomar decisiones. Por eso, este relato nos invita a mirar más allá de las apariencias. La limpieza moral no se limita a evitar la inmoralidad sexual; también se refleja en el respeto a nuestros padres, la honradez y la manera de tratar a quienes son más vulnerables.
Podemos preguntarnos: “¿Tengo presente a Jehová cuando nadie me observa? ¿Influyen sus normas en cómo trato a mi familia y en mis asuntos económicos?”. Estas preguntas no buscan que nos comparemos con aquellos israelitas, sino que protejamos nuestro corazón. Ellos permitieron que la conducta de quienes los rodeaban pesara más que la Ley de Dios. Nosotros también vivimos rodeados de malas influencias. ¿Qué nos ayudará a no acostumbrarnos a ellas?
La situación de Judá nos recuerda la del mundo actual. Seguimos viendo abuso de poder, opresión y falta de respeto por la vida. Incluso líderes religiosos, especialmente de la cristiandad, han apoyado guerras y les han quitado seriedad a las normas bíblicas sobre la moralidad sexual. Lo que debería orientar a las personas hacia Dios termina alejándolas de sus principios. Como cristianos, no tomamos partido en las disputas políticas; nos guiamos por las normas de Jehová.
Pero reconocer que el mundo está sucio no basta para mantenernos limpios. Si nos exponemos una y otra vez a una conducta incorrecta, podríamos empezar a verla como algo sin importancia. Pensemos en el entretenimiento o en las conversaciones que elegimos. Si presentan la infidelidad como algo divertido o el engaño como una muestra de inteligencia, ¿qué actitud están alimentando en nosotros? Que una conducta sea popular no significa que haya dejado de entristecer a Jehová.
Por eso, conviene detenernos antes de aceptar una recomendación, continuar una conversación o seguir viendo cierto contenido. Podemos preguntarnos: “¿Me ayuda esto a conservar el punto de vista de Jehová, o está debilitando mi rechazo a lo malo?”. No se trata de sentirnos superiores a otras personas, sino de cuidar nuestra amistad con él. Y esa amistad nos mueve a algo más que evitar la suciedad moral: queremos que nuestra conducta refleje las hermosas cualidades de nuestro Padre.
Los sacerdotes que servían en el tabernáculo y en el templo tenían que lavarse y estar limpios. Nosotros también valoramos la limpieza física, pero lo más importante es llevar una vida limpia a los ojos de Dios. Eso exige abandonar las malas actitudes y prácticas, y aprender a pensar y actuar como Jehová desea. No basta con dejar un mal hábito: debemos cultivar las cualidades que caracterizan a la nueva personalidad.
Por ejemplo, no solo evitamos defraudar; procuramos ser honrados. No solo rechazamos el maltrato; tratamos a los demás con bondad. Y no solo evitamos las relaciones sexuales inmorales; cuidamos nuestros pensamientos y nuestras decisiones. Tal vez descubramos una actitud que debemos corregir. En vez de justificarnos diciendo que siempre hemos sido así, recordemos que con la ayuda de Jehová es posible cambiar. El caso de Jack demuestra hasta qué punto puede transformarse una persona.
Jack era un hombre tan violento y peligroso que lo apodaban el Demonio. Fue condenado a muerte por sus crímenes. Mientras esperaba su ejecución, aceptó estudiar la Biblia con un hermano que visitaba la prisión. Cambió y llegó a bautizarse como testigo de Jehová. Su transformación impresionó tanto a los guardias que algunos se despidieron de él con lágrimas en los ojos el día de su ejecución.
La semana siguiente, otro preso asistió por primera vez a la reunión que los hermanos celebraban allí. El cambio de Jack lo había impresionado, y quería saber cómo adorar a Jehová. ¡Nuestra conducta puede despertar en otros el deseo de conocerlo! Quizás nuestros cambios no sean tan llamativos, pero también dan gloria a Dios. Además, al mantenernos limpios, contribuimos a proteger la pureza de la congregación.
Esto nos lleva a una reflexión: ¿qué hacen los ángeles para mantener limpias las congregaciones, y cómo podemos colaborar con ellos? Jehová les ha encargado separar a los malvados de los justos. Su labor no significa que nunca habrá problemas en la congregación ni que alguien que se aleje jamás pueda volver. Pero nos asegura que se interesan por su pureza. Nosotros compartimos ese interés al elegir buenas compañías y rechazar lo que podría alejarnos de Jehová.
También colaboramos ayudando a nuestros hermanos a ser fieles. Si nos enteramos de que uno ha cometido un pecado grave, el amor nos mueve a animarlo a hablar con los ancianos. Si no lo hace, debemos informarles nosotros para que reciba ayuda espiritual. Y cuando alguien tiene que ser sacado de la congregación, respetamos la instrucción de dejar de relacionarnos con él. Esa firmeza protege la limpieza de la congregación y puede motivarlo a recapacitar y volver.
Aunque el mundo esté moralmente sucio, nosotros podemos mantenernos limpios. Recordemos lo que entristeció a Jehová en tiempos de Ezequiel, rechacemos las actitudes que hoy reflejan esa misma corrupción y sigamos cultivando la nueva personalidad. Cada decisión limpia cuenta. Con la ayuda de Jehová, nuestra conducta puede proteger a la congregación, animar a otros y darle gloria a nuestro Padre celestial.
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