Tema: “No nos enfermemos espiritualmente como les pasó a los de Judá”
Cuando una persona se siente mal físicamente, lo más prudente es prestar atención a los síntomas. Si nota dolor, cansancio extremo o fiebre, no dice: “No pasa nada, lo ignoraré”. Lo sensato es aceptar un diagnóstico y seguir un tratamiento. En sentido espiritual ocurre algo parecido. Puede haber síntomas que indiquen que algo no va bien: menos frecuencia al orar, poca concentración en las reuniones, falta de entusiasmo por predicar, facilidad para criticar o una atracción creciente por cosas que Jehová desaprueba. La pregunta es: ¿cómo reaccionamos cuando Jehová nos ayuda a ver esos síntomas?
En la lectura semanal de esta semana de Jeremías 4 al 6, y el primer punto muestra que el pueblo de Judá era terco y rebelde. Leamos Jeremías 4:4.
Circuncídense para Jehová y quiten el prepucio de sus corazones, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, para que mi furia no se encienda como un fuego y arda sin que nadie pueda apagarla por culpa de sus malas acciones”.
Después de leerlo, notemos que Jehová no se centra solo en apariencias externas; habla del corazón. Los judíos podían tener una identidad religiosa, podían vivir cerca del templo, podían conocer ciertas costumbres, pero Jehová veía algo más profundo: necesitaban quitar de su corazón lo que los estaba alejando de él.
Eso nos enseña que la salud espiritual no se mide únicamente por lo que otros ven. Podemos estar presentes en una reunión y, aun así, necesitar ayuda en el corazón. Podemos participar en actividades espirituales y, aun así, estar permitiendo que algún deseo incorrecto eche raíces. Por eso, Jehová nos invita a examinarnos con sinceridad, no para avergonzarnos, sino para sanarnos.
Leamos ahora Jeremías 4:14:
Limpia de maldad tu corazón, oh, Jerusalén, para salvarte. ¿Hasta cuándo abrigarás malos pensamientos?
Este texto añade otra imagen: limpiar el corazón de maldad. La limpieza no ocurre por accidente. Si una habitación acumula polvo, no basta con desear que esté limpia. Hay que abrir, retirar, ordenar y limpiar. Del mismo modo, limpiar el corazón implica identificar pensamientos, hábitos o influencias que nos ensucian espiritualmente. Tal vez sea una forma de entretenimiento que debilita nuestra sensibilidad moral. Tal vez sea resentimiento acumulado contra un hermano. Tal vez sea la costumbre de consumir información que alimenta dudas, orgullo o desconfianza.
El segundo punto que vamos a analizar, es que a Judá no le interesaba recibir el diagnóstico que Jehová hizo de su estado espiritual. Leamos Jeremías 5:31:
Dice: Los profetas profetizan mentiras y los sacerdotes usan su autoridad para dominar a otros. Y a mi propio pueblo le encanta eso. ¿Pero qué harán ustedes cuando llegue el fin?”.
Al terminar la lectura, fijémonos en una expresión muy seria: al pueblo le gustaba lo que decían los falsos guías. No solo estaban siendo engañados; en cierto sentido, preferían escuchar lo que confirmaba sus deseos. Ese es un peligro muy actual.
Hoy vivimos rodeados de voces. Internet, redes sociales, opiniones, comentarios, vídeos, mensajes reenviados… muchas voces compiten por nuestra atención. Algunas pueden sonar agradables porque nos dicen justo lo que queremos oír. Pero una idea no se vuelve verdadera porque nos guste, ni se vuelve espiritual porque nos tranquilice. Jehová nos ama demasiado como para decirnos solo lo cómodo. A veces su Palabra de Dios nos corrige, nos despierta y nos obliga a tomar decisiones.
Pensemos en una visita médica. Si el médico dice: “Todo está perfecto” cuando en realidad hay una enfermedad grave, tal vez nos sintamos tranquilos por un momento, pero estaremos en peligro. En cambio, si nos da un diagnóstico claro y un tratamiento, quizá al principio nos incomode, pero puede salvarnos la vida. Jehová hizo eso con Judá: les dio advertencias a tiempo. El problema fue que muchos no quisieron escucharlas.
El tercer punto que trataremos muestra las consecuencias de no escuchar. Leamos Jeremías 6:17-19:
“Y nombré centinelas, que dijeron: ‘¡Presten atención al sonido del cuerno!’”. Pero ellos respondieron: “No vamos a prestar atención”. “Por eso, ¡oigan, oh, naciones! Y entérate, oh, asamblea, de lo que les pasará a ellos. ¡Escucha, oh, tierra! Le voy a mandar una calamidad a este pueblo como fruto de sus propios planes malvados, porque no prestaron atención a mis palabras y rechazaron mi ley”.
Al leerlo, notemos que Jehová nombró centinelas y que el pueblo respondió que no prestaría atención. Jehová no castigó sin avisar. Les habló una y otra vez. Les dio oportunidades. Pero ellos rechazaron la disciplina.
¿Qué centinelas nos ha dado Jehová hoy? Tenemos su Palabra, que nos advierte contra el materialismo, la inmoralidad, la violencia, la mentira y el orgullo. Tenemos las reuniones, donde se nos recuerda cómo proteger el corazón. Tenemos a los ancianos, que pastorean con cariño. Tenemos publicaciones bíblicas que nos ayudan a ver peligros espirituales antes de que nos hagan daño. La cuestión es si vemos esas ayudas como una muestra del amor de Jehová o no las aprovechamos como deberíamos.
La guía de actividades plantea una pregunta final: “¿Qué puedo hacer para no enfermarme en sentido espiritual?”. Podemos responder con varias medidas concretas. La primera es mantener una alimentación espiritual constante. Nadie se mantiene sano comiendo una vez al mes. Del mismo modo, no podemos depender únicamente de asistir a las reuniones de forma irregular o de un texto leído deprisa. Necesitamos leer la Biblia con regularidad, meditar y permitir que lo aprendido influya en nuestras decisiones.
La segunda medida es orar con transparencia. A veces no necesitamos palabras elegantes, sino honradez. Podemos decirle a Jehová: “Me está costando perdonar”, “me siento frío espiritualmente”, “me atrae algo que sé que no me conviene”, “necesito ayuda para recuperar el gozo”. Jehová no se sorprende al escuchar nuestras luchas. Al contrario, quiere que acudamos a él antes de que el problema avance.
La tercera medida es aceptar la corrección. Ninguno de nosotros disfruta que le señalen un defecto. Pero la humildad nos permite ver la corrección como medicina. Un consejo basado en la Biblia puede doler un poco al principio, igual que un tratamiento, pero puede evitar un daño mucho mayor. Si un anciano, un familiar espiritual o una publicación nos ayuda a ver algo que debemos cambiar, preguntémonos: “¿Me está dando Jehová una oportunidad de sanarme?”.
La cuarta medida es cuidar nuestras fuentes de información. Si una persona enferma toma veneno, no mejora por mucho que también coma alimentos sanos. De igual manera, no podemos nutrirnos espiritualmente y al mismo tiempo llenar la mente de ideas que debilitan la fe. Debemos preguntarnos: “¿Esto me acerca a Jehová o me vuelve más desconfiado, más crítico, más indiferente?”.
En conclusión, Jehová no desea que enfermemos espiritualmente. Por eso nos habla con claridad, nos advierte a tiempo y nos ofrece tratamiento mediante su Palabra y su organización. Que nunca imitemos a Judá, que rechazó el diagnóstico. Más bien, aceptemos la ayuda de Jehová con gratitud. Si limpiamos el corazón, escuchamos sus advertencias y seguimos una buena rutina espiritual, podremos mantenernos sanos, fuertes y cerca de nuestro Dios.






