Tema: El día de Jehová no llegará tarde
Cuando esperamos algo importante, el tiempo puede parecernos muy largo. Y, si la espera continúa, quizás nos preguntemos cuánto falta. Al pensar en el día de Jehová, necesitamos mirar más allá de nuestra impaciencia y recordar quién ha hecho la promesa. Jehová no pierde de vista lo que ocurre ni olvida lo que ha anunciado. Las palabras que transmitió mediante Ezequiel nos dan razones sólidas para confiar: el día de Jehová no llegará tarde.
Pensemos primero en lo que ocurrió con Jerusalén. Su destrucción no fue un acontecimiento que Jehová anunciara sin saber cuándo actuaría. Había observado la conducta de su pueblo y había determinado cuándo le pediría cuentas. Ezequiel transmitió un mensaje que no dejaba lugar a dudas sobre la seriedad de aquella advertencia. Leamos Ezequiel 7:3.
Ezequiel 7:3 — Ahora te ha llegado el fin, y soltaré mi furia contra ti, te juzgaré según tu conducta y te pediré cuentas por todas tus acciones detestables.
Estas palabras muestran que el juicio tenía una razón concreta: la conducta de los israelitas. Pero Jehová también había indicado cuándo llegaría. Le mandó a Ezequiel que escenificara dos periodos: debía acostarse sobre el lado izquierdo durante 390 días y sobre el derecho durante otros 40. Cada día representaba un año. No era simplemente una manera llamativa de comunicar una advertencia. Aquella escenificación señalaba el año exacto en que Jerusalén sería destruida. Jehová tenía muy claro el momento en que cumpliría lo anunciado.
Los 390 años del pecado de Israel comenzaron en el 997 antes de nuestra era, cuando el reino de las doce tribus se dividió. Los 40 años del pecado de Judá probablemente comenzaron en el 647, cuando Jeremías recibió la comisión de advertir a Judá. Ambos periodos terminaron en el 607, el año de la destrucción de Jerusalén. El cumplimiento de esta profecía nos enseña algo fundamental: Jehová no actúa según la percepción humana del tiempo. Actúa en el momento que ha determinado.
¿Cómo nos ayuda recordarlo? Quizás llevemos muchos años esperando el fin de la maldad. Esa espera no significa que Jehová se haya retrasado. En lugar de medir la fiabilidad de su promesa por lo larga que nos parece la espera, podemos fortalecer nuestra confianza repasando lo que ya cumplió. El caso de Jerusalén nos da una base firme para seguir esperando con fe. Ahora bien, ¿por qué fue necesario que Jehová ejecutara aquel juicio?
No se trataba solo de que hubiera llegado una fecha. Los israelitas habían recibido advertencias, pero seguían practicando lo que Jehová detestaba. No habían aprovechado el tiempo para cambiar. Al escuchar los siguientes versículos, fijémonos en la relación entre su conducta y las consecuencias que sufrirían. Leamos Ezequiel 7:4, 10.
Ezequiel 7:4,10 — Mis ojos no sentirán lástima de ti, no tendré compasión, porque haré que recaigan sobre ti los resultados de tu propia conducta, sufrirás las consecuencias de tus acciones detestables. Y ustedes tendrán que saber que yo soy Jehová’. ”’¡Mira, el día! ¡Mira, ya viene! Te ha llegado el turno; ha florecido la vara y ha brotado la arrogancia.
Jehová dejó claro que sufrirían los resultados de sus propias acciones. La arrogancia había crecido, y las advertencias no los habían llevado a abandonar su conducta detestable. Por eso, aquellas palabras tan firmes no describen un castigo caprichoso. Explican que Jehová les pediría cuentas por lo que persistían en hacer. Haber pertenecido a su pueblo no les permitiría evitar las consecuencias. Necesitaban cambiar de verdad, no limitarse a pensar que, como todavía no había sucedido nada, tampoco sucedería después.
Aquí encontramos una lección personal. Cuando reconocemos que debemos corregir algo, conviene actuar, no dejarlo para un momento indefinido. Por ejemplo, si al estudiar descubrimos que cierto entretenimiento está debilitando nuestro rechazo de lo que Jehová detesta, ¿qué haremos? Podríamos buscar excusas para conservarlo, o podríamos hacer cambios que demuestren cuánto valoramos nuestra amistad con él. La cuestión no es compararnos con aquellos israelitas, sino permitir que su experiencia nos ayude a responder bien a la guía de Jehová.
Tampoco queremos confundir el paso del tiempo con la aprobación de Dios. Que una conducta no produzca consecuencias inmediatas no significa que sea aceptable para él. Por eso, mientras esperamos su día, seguimos examinando nuestras decisiones y dando prioridad a la adoración pura. Así, la confianza en que Jehová actuará a tiempo influye en nuestra vida ahora. Y no solo nos mueve a hacer cambios personales; también nos impulsa a ayudar a otras personas mientras todavía hay tiempo.
La advertencia de Ezequiel 7:3, que leímos al principio, también da urgencia a nuestra predicación. Las declaraciones sobre la caída de Jerusalén nos recuerdan que queda poco tiempo para ayudar a otros a convertirse en siervos de Dios. No queremos que esa convicción se quede en una idea que aceptamos. Queremos que se refleje en nuestra agenda y en nuestra disposición a hacer discípulos. Una manera muy concreta de lograrlo es predicar cuando las personas están disponibles, no solo cuando a nosotros nos resulta cómodo.
Pensemos en alguien que trabaja muchas horas y casi nunca está en casa cuando lo visitamos. Si repetimos siempre el mismo horario, quizás sigamos sin encontrarlo. ¿Podríamos intentar comunicarnos en otro momento apropiado? No se trata necesariamente de dedicar más horas, sino de pensar cómo aprovechar mejor las que tenemos. Tomar en cuenta las circunstancias de las personas demuestra interés sincero por ellas. Queremos darles una oportunidad real de escuchar el mensaje, y eso exige cierta flexibilidad de nuestra parte.
La imagen de la guía presenta una situación que invita a pensar: un hermano estudia la Biblia con un trabajador en una tienda a una hora avanzada de la noche. No significa que todos debamos predicar a esa hora. Más bien, destaca el valor de adaptarnos. Tal vez una persona interesada solo pueda conversar cuando disminuye su trabajo. Si el horario y las circunstancias lo permiten, acordar un momento conveniente puede abrir la puerta a conversaciones bíblicas que de otro modo no tendríamos.
Podemos preguntarnos: ¿hay alguien a quien me cuesta encontrar? ¿Sé cuándo le viene bien conversar? ¿Podría ajustar alguna visita o algún curso bíblico, respetando mis responsabilidades y las suyas? Estos pequeños ajustes pueden expresar una gran consideración. La urgencia no nos lleva a presionar a nadie ni a ignorar sus obligaciones. Nos mueve a buscar con cariño oportunidades para ayudar. Nos llena de alegría cuando alguien de buen corazón empieza a conocer y adorar a nuestro Padre, Jehová.
Y, si muchos no responden, no concluimos que nuestro esfuerzo carece de valor. Ezequiel tuvo que seguir transmitiendo la advertencia de Jehová, y nosotros también seguimos cumpliendo nuestra labor. Nuestra confianza no depende de la reacción de cada persona. Depende de Jehová y de la certeza de su palabra. Por eso, antes de organizar la próxima semana, pensemos qué ajuste realista nos permitiría ayudar mejor a alguien. Aprovechar bien el tiempo es una manera práctica de mantener la adoración pura en primer lugar.
El día de Jehová no llegará tarde. La destrucción de Jerusalén demuestra que él cumple su palabra en el momento justo y que no pasa por alto la maldad indefinidamente. Mientras esperamos, sigamos fortaleciendo nuestra confianza, haciendo los cambios necesarios y ayudando a otros a conocerlo. Que nuestra manera de usar el tiempo demuestre que creemos de corazón lo que Jehová ha anunciado.
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