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Tesoros de la Biblia para la semana del 10 al 16 de Agosto de 2026

Tesoros de la Biblia semana del 10 al 16 de agosto de 2026

Tema: ¿Qué hace que los “higos” sean buenos o malos?

Dos canastas podían parecer iguales por fuera. Las dos estaban colocadas delante del templo de Jehová y contenían higos. Sin embargo, al mirar su contenido, la diferencia era enorme: unos eran excelentes y los otros estaban tan estropeados que no se podían comer.

Jehová utilizó esa imagen para enseñar que lo más importante no era dónde se encontraban los judíos ni qué apariencia daban, sino la actitud de su corazón. Algunos estaban desterrados en Babilonia, pero se habían arrepentido y querían volver a Jehová. Otros permanecían en Jerusalén o habían huido a Egipto, pero seguían siendo desobedientes. La diferencia estaba en cómo respondían a la disciplina de Jehová.

Primero, los judíos desterrados que se habían arrepentido eran como higos buenos.

Jeremías 24:1, 2

“Entonces Jehová me mostró dos canastas de higos colocadas delante del templo de Jehová. Eso fue después de que el rey Nabucodonosor de Babilonia se llevara al destierro a Jeconías hijo de Jehoiaquim, el rey de Judá, junto con los príncipes de Judá, los artesanos y los herreros; se los había llevado de Jerusalén a Babilonia. Una canasta tenía higos muy buenos, como las brevas; pero la otra canasta tenía higos muy malos, tan malos que no se podían comer”.

Jeconías, también llamado Joaquín, solo llevaba tres meses y diez días como rey cuando entregó Jerusalén a Nabucodonosor. Entre los cautivos estaban Daniel, Hananías, Misael, Azarías y Ezequiel. A primera vista, podría parecer que aquellos desterrados habían recibido el peor trato: perdieron su hogar, su ciudad y su libertad.

Sin embargo, Jehová veía que entre ellos había personas que aceptarían la disciplina y volverían a él con un corazón arrepentido. Por eso los comparó con higos muy buenos.

Jeremías 24:5-7

“Esto es lo que dice Jehová, el Dios de Israel: ‘Igual que a estos higos buenos, consideraré buenos a los desterrados de Judá, a quienes envié de este lugar a la tierra de los caldeos. Mantendré mis ojos puestos en ellos para su bien y haré que regresen a esta tierra. Los edificaré y no los derrumbaré; los plantaré y no los arrancaré. Y les daré un corazón para que me conozcan, para que sepan que yo soy Jehová. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, porque volverán a mí con todo su corazón’”.

Jehová mantendría sus ojos puestos en ellos “para su bien”. El destierro era una disciplina dolorosa, pero no significaba que los hubiera abandonado. Él sabía que algunos aprenderían de lo ocurrido.

Ochenta años después, en el año 537 antes de nuestra era, Jehová hizo que el rey Ciro permitiera que un resto de sus descendientes regresara a Judá. Reconstruyeron Jerusalén, levantaron un nuevo templo y restablecieron la adoración verdadera. Así se cumplió la promesa de edificarlos, plantarlos y hacerlos volver.

¿Qué hizo que fueran “higos buenos”? No fue solo haber sufrido el destierro, sino su reacción. Aceptaron la disciplina y volvieron a Jehová “con todo su corazón”.

Esto nos enseña que una experiencia dolorosa puede producir buenos resultados si aceptamos la guía de Jehová. Una corrección bíblica, un consejo de los ancianos o las consecuencias de una mala decisión pueden doler. Pero, si respondemos con humildad, pueden acercarnos más a Jehová.

El segundo punto presenta el contraste: los judíos desobedientes que no se habían arrepentido eran como higos malos.

Jeremías 24:8-10

“‘Pero, en cuanto a los higos malos que no se pueden comer de lo malos que son, esto es lo que dice Jehová: “Así consideraré al rey Sedequías de Judá, a sus príncipes, al resto de Jerusalén que queda en este país y a los que están viviendo en la tierra de Egipto. Los convertiré en motivo de horror y de calamidad para todos los reinos de la tierra, en objeto de insultos, un tema de proverbios, un motivo de burla y una maldición en todos los lugares adonde los disperse. Y enviaré contra ellos la espada, el hambre y la peste, hasta que desaparezcan de la tierra que les di a ellos y a sus antepasados”’”.

Sedequías fue un claro ejemplo de un “higo malo”. Rompió el juramento de lealtad que había hecho en el nombre de Jehová a Nabucodonosor y rechazó la compasión que Jehová le mostraba mediante Jeremías. En vez de humillarse, continuó haciendo lo malo y hasta encarceló al profeta.

Otros judíos huyeron a Egipto buscando protección a pesar de las advertencias de Jeremías. Pero no cambiaron su corazón. Allí volvieron a practicar la misma idolatría que había provocado el juicio contra Judá. Finalmente, las profecías de Jehová también los alcanzaron cuando Nabucodonosor conquistó Egipto.

Por tanto, el problema no era vivir en Jerusalén, Babilonia o Egipto. La cuestión era si estaban dispuestos a escuchar a Jehová. Quienes persistieron en la desobediencia fueron como higos podridos: no aceptaron la disciplina ni hicieron cambios.

Esta comparación nos advierte de un peligro. Una persona puede seguir cerca de la congregación, asistir a las reuniones y mantener una apariencia espiritual, pero, si se niega a corregir una conducta mala, su corazón puede deteriorarse. Estar físicamente cerca del pueblo de Dios no sustituye el arrepentimiento sincero.

Tampoco podemos escapar de las consecuencias de una mala conducta cambiando solo las circunstancias. Mudarse, cambiar de congregación o esconder un problema no transforma el corazón. Lo necesario es reconocer el error, pedir ayuda y volver a Jehová.

Por último, los cristianos podemos ser como higos buenos si nos hacemos un autoexamen sincero y realizamos los cambios necesarios.

No debemos pensar que este relato solo se aplica a quienes practican maldad grave. Los siervos de Jehová formamos un pueblo limpio y fiel, pero todos somos imperfectos. Por eso nuestro corazón necesita revisión constante.

David, aunque era un hombre justo, no dio por hecho que todo estaba bien en su interior. Le pidió a Jehová que lo examinara.

Salmo 139:23, 24

“Escudríñame completamente, oh Dios, y conoce mi corazón. Examíname, y conoce mis pensamientos inquietantes, y ve si hay en mí algún camino doloroso”.

Qué buena actitud. David no pidió que Jehová examinara primero a los demás. Dijo: “Examíname”. Nosotros podemos hacer lo mismo al leer la Biblia, escuchar un discurso o recibir un consejo. En vez de pensar en quién más necesita esa información, preguntémonos: “¿Qué me está diciendo Jehová a mí? ¿Hay algo que debo corregir?”.

El autoexamen puede abarcar nuestra forma de hablar, el entretenimiento, el uso de internet, las amistades, el trato a la familia o nuestra actitud ante la predicación y las reuniones. Quizá descubramos una tendencia que empieza a debilitar nuestra amistad con Jehová.

En ese caso, no basta con reconocerla. Los higos buenos representaban a quienes volvieron a Jehová con todo el corazón. Debemos hacer cambios concretos: eliminar algo perjudicial, pedir ayuda, fortalecer nuestra rutina espiritual o aceptar un consejo que antes nos costaba.

No nos desanimemos si Jehová nos ayuda a descubrir una debilidad. Verla es una oportunidad para corregirla. Jehová mantuvo sus ojos sobre los desterrados “para su bien”. Cuando nos corrige, tampoco busca humillarnos, sino protegernos y ayudarnos a crecer.

Entonces, ¿qué hace que los “higos” sean buenos o malos? No es la apariencia, el lugar donde estén ni las dificultades que hayan vivido. La diferencia está en la actitud del corazón. Los higos buenos aceptaron la disciplina, se arrepintieron y volvieron a Jehová. Los malos insistieron en sus propios caminos y rechazaron las advertencias.

Sigamos pidiéndole a Jehová que examine nuestro corazón. Y, cuando su Palabra nos muestre algo que debemos cambiar, actuemos con humildad. Así demostraremos que queremos servirle con todo el corazón y seremos para él como aquellos higos muy buenos.

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