Tema: Lo hizo para santificar su nombre
Cuando alguien habla mal de una persona a la que queremos, nos importa que se conozca la verdad. No vemos su nombre como una simple palabra: pensamos en la persona, en sus cualidades y en su reputación. Con mucha más razón nos importa el nombre de Jehová. Los capítulos 35 y 36 de Ezequiel muestran cómo defendió su santo nombre cuando otros lo trataron con desprecio.
Pensemos en lo que ocurrió cuando los babilonios conquistaron Judá y Jerusalén en el año 607 antes de nuestra era. Los edomitas, enemigos del pueblo de Jehová, se alegraron de aquella tragedia. Su odio los llevó a incitar a los devastadores y a entregar a fugitivos de Judá para que fueran ejecutados. Además, participaron en el saqueo y quisieron apoderarse de la tierra abandonada. Pero su arrogancia no iba dirigida únicamente contra Israel. Escuchemos cómo veía Jehová sus palabras. Leamos Ezequiel 35:12, 13.
Ezequiel 35:12-13 — Entonces tendrás que saber que yo, Jehová, he oído todos los insultos que lanzaste contra las montañas de Israel cuando dijiste “Han quedado desoladas y nos las han entregado para que las devoremos”. Y con arrogancia ustedes hablaron contra mí, y contra mí lanzaron más y más insultos. Yo lo oí todo’.
Jehová había oído aquellos insultos. Aunque los edomitas hablaban de las montañas de Israel, él dejó claro que estaban hablando contra él mismo. Las naciones no comprendían que la desolación era un castigo por la infidelidad de Israel. En vez de reconocerlo, llegaron a la conclusión equivocada de que Jehová era incapaz de proteger a su pueblo. Así que la tragedia de Israel se convirtió para ellas en una oportunidad de hablar irrespetuosamente del nombre divino.
Aquella actitud no pasaba inadvertida para Jehová. Él anunció que la alegría de Edom sería breve y que tendría que responder por su conducta. Esto nos recuerda que la arrogancia de quienes desprecian a Jehová no demuestra que tengan razón. Tampoco debemos interpretar su aparente ventaja como una señal de que él no puede actuar. Jehová sabía lo que estaba ocurriendo y defendería su nombre. Ahora bien, su respuesta no consistiría solo en castigar a los enemigos.
La tierra que los enemigos veían como una posesión disponible volvería a recibir al pueblo de Jehová. Donde había desolación, habría campos cultivados; donde había ruinas, habría ciudades habitadas. El contraste es muy hermoso: los enemigos querían aprovecharse de la desgracia, mientras que Jehová anunció una restauración. Y no se trataba de un deseo impreciso. Su promesa describía cambios concretos que harían posible la vida de su pueblo allí. Leamos Ezequiel 36:8-10.
Ezequiel 36:8-10 — Pero ustedes, oh, montañas de Israel, echarán ramas y darán su fruto para mi pueblo Israel, ya que ellos volverán pronto. Porque yo estoy con ustedes, les prestaré atención y serán cultivadas y sembradas. Multiplicaré su población —la casa de Israel, toda ella—, y las ciudades serán habitadas y las ruinas reconstruidas.
Jehová se dirige a las montañas de Israel y les anuncia que darán fruto para su pueblo. ¿Por qué? Porque los israelitas regresarían. La tierra sería cultivada y sembrada, aumentaría la población y se reconstruirían las ruinas. Cada detalle apoya la misma promesa: la desolación no sería permanente. Los enemigos habían hablado como si el futuro de aquella tierra estuviera en sus manos, pero Jehová mostró que él podía devolver a su pueblo y hacer posible la reconstrucción.
Qué fortalecedor resulta fijarnos en quién hizo esa promesa. Las ruinas podían verse; la restauración todavía no. Sin embargo, lo decisivo no era lo que parecía posible a simple vista, sino lo que Jehová había anunciado. Nosotros también necesitamos dar más peso a sus promesas que a las apariencias. Este relato fortalece nuestra confianza en su capacidad para cumplir lo que dice. Pero todavía queda una pregunta importante: ¿cuál fue la razón principal por la que decidió restaurar a Israel?
Podríamos pensar primero en el alivio que sentirían los israelitas al regresar. Sin duda, volver a su tierra sería una gran bendición. Pero Jehová explicó que había algo más importante que el bienestar de ellos. Para comprender bien aquella restauración, debemos verla desde su punto de vista, no solo desde el de quienes se beneficiaron. Leamos Ezequiel 36:22-24.
Ezequiel 36:22-24 — “Por lo tanto, dile a la casa de Israel: ‘Esto es lo que dice el Señor Soberano Jehová: “No lo hago por ustedes, oh, casa de Israel, sino por mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones a las que han ido”’. ‘Sin falta santificaré mi gran nombre, que fue profanado entre las naciones, que ustedes profanaron entre ellas; y las naciones tendrán que saber que yo soy Jehová —afirma el Señor Soberano Jehová— cuando yo sea santificado entre ustedes ante los ojos de ellas. Los sacaré de las naciones, los volveré a reunir de entre todas las tierras y los llevaré a su tierra.
La explicación es clara: Jehová actuaría por su santo nombre. Los israelitas no habían honrado el nombre que representaban. Su desobediencia lo había profanado, y el castigo que recibieron dio ocasión a las naciones para despreciarlo. Por eso, su regreso no debía interpretarse como un premio por una conducta ejemplar. Al liberar y traer de vuelta a un resto de Israel, Jehová limpiaría su nombre de aquel oprobio y demostraría que las naciones se habían equivocado respecto a él.
Santificar el nombre de Jehová implica reconocerlo y tratarlo como santo. En este relato vemos por qué eso era tan necesario: tanto la conducta de su propio pueblo como las palabras de sus enemigos habían deshonrado ese nombre. Jehová intervino para que se supiera quién era él realmente. Esto nos lleva a una reflexión muy personal: ¿cómo podemos ayudar nosotros a santificar el nombre de Jehová? Aunque somos imperfectos, él nos permite contribuir a algo que considera tan importante.
Una manera es hablar de cómo es Jehová en realidad. Jesús no se limitó a usar el nombre de su Padre; también enseñó sus cualidades. Frente a quienes lo presentaban como exigente, inflexible o despiadado, ayudó a las personas a conocer su paciencia, su amor y su compasión. Podemos seguir ese ejemplo. Si alguien piensa que Dios es cruel o indiferente, escuchemos con respeto y aprovechemos la oportunidad para explicarle lo que hemos aprendido de la bondad de Jehová.
También lo santificamos con nuestra conducta. Si hablamos de un Dios paciente, esforcémonos por tratar con paciencia a los demás. Si explicamos que es compasivo, mostremos compasión cuando alguien necesite ayuda. En la familia, en el trabajo y en la congregación podemos hacer visibles esas cualidades mediante decisiones sencillas. Mantenernos íntegros, incluso cuando cuesta, también honra su nombre. Podemos preguntarnos: «¿Lo que digo y hago ayuda a los demás a ver cómo es Jehová, o podría darles una impresión equivocada de él?».
Jehová escuchó los insultos de los enemigos, prometió restaurar la tierra de Israel y trajo de vuelta a su pueblo. La razón principal no fue el mérito de los israelitas: lo hizo para santificar su nombre. Nosotros también podemos dar prioridad a ese nombre. Al hablar de Jehová con cariño, imitar sus cualidades y mantenernos íntegros, ayudamos a otros a conocerlo como realmente es: un Dios santo, justo, bueno y amoroso.
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