¿Qué dirías?
Datos de la asignación
Asignación: ¿Qué dirías?
Duración: 5 min
Lección y punto: Lección 2 · Naturalidad · punto 3
Objetivo didáctico: Sea observador. ¿Qué le dicen de la persona sus expresiones faciales y su lenguaje corporal? ¿Da la impresión de tener ganas de hablar? Una manera sencilla de introducir una idea bíblica es preguntarle: “¿Sabía que…?”. Si alguien no quiere hablar, no insista.
Marco de circunstancias: Durante la predicación de casa en casa, un publicador se acerca por primera vez a un hombre sonriente que arregla su auto en la entrada de su vivienda
Texto bíblico asociado: Hechos 8:30-31 — Felipe corrió al lado y oyó que él estaba leyendo en voz alta al profeta Isaías. Entonces le preguntó: “¿De veras entiendes lo que estás leyendo?”. Él le respondió: “¿Y cómo voy a entenderlo sin alguien que me enseñe?”. Así que le suplicó a Felipe que subiera y se sentara con él.
Material oficial: Análisis con el auditorio. DE CASA EN CASA. Repasa brevemente Una obra de amor lección 2 punto 3. Menciona la imagen y luego pregunta:
Según lo que vemos en la imagen, ¿qué podrías decir para empezar una conversación?
¿Qué texto mostrarías?
Una sonrisa puede animarnos a saludar, pero no significa necesariamente que la persona tenga tiempo para conversar. En este análisis con el auditorio, de cinco minutos, el marco es la predicación de casa en casa. Consideraremos un primer contacto con el hombre de la imagen, repasaremos Una obra de amor, lección 2, Naturalidad, punto 3, y utilizaremos Hechos 8:30, 31.
El objetivo es ser observadores. El punto 3 nos invita a fijarnos en las expresiones faciales y el lenguaje corporal para percibir si alguien tiene ganas de hablar. También propone introducir una idea bíblica con una pregunta sencilla, como «¿Sabía que…?». Y señala un límite importante: si alguien no quiere hablar, no debemos insistir.
Miremos la imagen. Vemos a un hombre sonriente que arregla su auto en la entrada de su casa. Eso es lo que sabemos. No podemos asegurar que sea mecánico, que disfrute haciendo reparaciones o que esté teniendo dificultades. Observar bien también implica distinguir entre lo que realmente vemos y lo que nosotros imaginamos.
Según lo que vemos en la imagen, ¿qué podrías decir para empezar una conversación? Una posibilidad sería saludar y comentar: «Buenos días. Veo que está trabajando en el auto. ¿Tiene un momento o prefiere que lo deje continuar?». Es una entrada sencilla: reconoce su actividad y le permite decidir, sin dar por sentado que desea escucharnos.
Después del saludo, importa más escuchar que completar una presentación. Si responde brevemente y sigue concentrado en la reparación, no convendría encadenar preguntas para retener su atención. Podemos despedirnos con amabilidad. Su sonrisa inicial no nos obliga a continuar, ni convierte su cortesía en una invitación para desarrollar todo lo que habíamos preparado.
Si, en cambio, deja un momento lo que está haciendo y comenta algo sobre el trabajo, podemos reaccionar a ese comentario. Por ejemplo, si explica que está aprendiendo a arreglarlo, tendría sentido preguntarle: «¿Aprendió por su cuenta o alguien le enseñó?». No sería una pregunta íntima ni un cambio brusco: seguiríamos hablando de lo que él acaba de mencionar.
Aquí podemos encontrar terreno común. Aprender algo práctico suele requerir explicaciones, observación y paciencia. Si el hombre cuenta que alguien le ayudó, podríamos reconocer lo útil que resulta una buena explicación. Pero no hace falta fingir conocimientos de mecánica ni asegurar que a nosotros nos ocurrió lo mismo. El interés sincero no necesita experiencias inventadas.
¿Qué texto mostrarías? Una opción es Hechos 8:30, 31, especialmente si la conversación ha llegado al valor de recibir ayuda para aprender. No habla de reparar autos; presenta a un hombre que necesitaba ayuda para comprender lo que leía. Para ver por qué puede encajar, escuchemos lo que sucedió cuando Felipe se acercó a él.
Hechos 8:30-31 — Felipe corrió al lado y oyó que él estaba leyendo en voz alta al profeta Isaías. Entonces le preguntó: “¿De veras entiendes lo que estás leyendo?”. Él le respondió: “¿Y cómo voy a entenderlo sin alguien que me enseñe?”. Así que le suplicó a Felipe que subiera y se sentara con él.
Felipe prestó atención a lo que aquel hombre estaba haciendo: lo oyó leer. Su pregunta se relacionó directamente con esa actividad. Además, la respuesta del hombre mostró que deseaba ayuda, y él mismo invitó a Felipe a sentarse a su lado. No fue necesario adivinar su interés; lo expresó con sus propias palabras.
En la escena del auto, podríamos introducir ese relato diciendo: «¿Sabía que la Biblia cuenta el caso de un hombre que pidió ayuda para entender lo que estaba leyendo?». Después podríamos ofrecerle mostrar el pasaje. Esa transición sería natural si antes él hubiera hablado de aprender con ayuda. Si no surge esa conexión, no tenemos por qué forzarla.
Tras leerlo, bastaría destacar una idea: hacer preguntas y aceptar una explicación puede ayudarnos a comprender la Biblia. Podríamos preguntarle si alguna vez encontró algo difícil de entender al leerla. Pero esa pregunta solo tendría sentido si continúa mostrando interés. No necesitamos pasar de un saludo a una conversación profunda en unos pocos segundos.
También debemos estar preparados para una reacción distinta. Quizás a la persona le guste hablar de autos, pero no quiera conversar sobre la Biblia. En ese caso, haber encontrado un tema cotidiano no nos da derecho a insistir. Podemos agradecerle el momento y dejar que continúe. Respetar su decisión forma parte de aplicar el consejo de la lección.
O puede suceder que diga que no necesita ayuda para leer. No tendríamos que discutir ni insinuar que sabe poco. El relato muestra a alguien que sí la deseaba; no demuestra que todas las personas deban reaccionar igual. Escuchar esa diferencia nos permite adaptar la conversación, en vez de intentar llevarla por un camino que la persona no ha elegido.
Por eso, la propuesta es natural, respetuosa y adaptable. Natural, porque parte de una actividad visible. Respetuosa, porque pregunta si es buen momento y acepta una negativa. Adaptable, porque el siguiente comentario depende de la respuesta, no de un texto memorizado. La misma frase de entrada no tiene que producir siempre el mismo desarrollo.
La imagen nos recuerda una pauta sencilla: observar antes de hablar y seguir observando mientras escuchamos. Podemos preparar una pregunta y un texto pertinente, pero dejamos espacio para que la persona se exprese. Así aplicamos el punto 3: aprovechamos una oportunidad de conversar con naturalidad, sin convertirla en una obligación para quien nos recibe.
Hagamos revisitas
Datos de la asignación
Asignación: Hagamos revisitas
Duración: 2 min
Lección y punto: Lección 9 · Empatía · punto 5
Objetivo didáctico: Use información que le sea útil a la persona. Muéstrele cuanto antes cómo un curso de la Biblia puede contestarle sus preguntas y ayudarle de muchas maneras.
Marco de circunstancias: En la puerta de su vivienda, Marcos vuelve a conversar con un publicador después de haberle contado en una visita anterior que trabajar desde casa lo mantiene bastante aislado
Texto bíblico asociado: Hebreos 10:24-25 — Y estemos pendientes unos de otros para motivarnos a mostrar amor y a hacer buenas obras, sin dejar de reunirnos, como algunos tienen por costumbre. Más bien, animémonos unos a otros, sobre todo al ver que el día se acerca.
Material oficial: DE CASA EN CASA. Invita a la persona a una reunión (lmd lección 9 punto 5).
Publicador/a: Hola, Marcos. ¿Lo encuentro entre llamadas o sigue trabajando?
Persona: Acabo de terminar. Iba a salir a caminar un poco. Hay días que solo hablo con gente por una pantalla.
Publicador/a: Precisamente me acordé de lo que me contó la otra vez: le gusta trabajar en casa, pero extraña conversar con sus compañeros.
Persona: Sí, aunque tampoco quiero llenar la semana de compromisos. Cuando termino, estoy cansado. A veces hasta rechazo planes y luego me quejo de estar solo.
Publicador/a: Claro, necesita compañía, pero también descansar. En la visita anterior hablamos de cómo puede ayudarnos la Biblia. Un curso bíblico permite examinar preguntas como qué puede ayudarnos cuando nos sentimos solos y cómo cultivar buenas amistades.
Persona: Eso sí me interesa, pero no veo muy claro qué tiene que ver estudiar con tener compañía.
Publicador/a: Entiendo. No se trata solo de adquirir conocimientos, sino de ponerlos en práctica. Por ejemplo, la Biblia relaciona reunirnos con darnos ánimo. Fíjese en cómo lo explica Hebreos 10:24, 25.
Publicador/a: Hebreos 10:24-25 — Y estemos pendientes unos de otros para motivarnos a mostrar amor y a hacer buenas obras, sin dejar de reunirnos, como algunos tienen por costumbre. Más bien, animémonos unos a otros, sobre todo al ver que el día se acerca. Me gusta que destaca el interés por los demás. No es simplemente estar en el mismo lugar, sino animarnos a hacer cosas buenas. Por eso quería invitarlo a una de nuestras reuniones.
Persona: Pero yo no conozco a nadie. Entrar solo a una reunión religiosa me daría bastante reparo.
Publicador/a: Comprendo; llegar sin conocer a nadie puede resultar incómodo. Si decide venir, podemos encontrarnos en la entrada y sentarnos juntos. Así no tendría que entrar solo.
Persona: Eso sería distinto. Puede dejarme la dirección y el horario, pero no le prometo ir esta semana.
Publicador/a: Por supuesto. Se los anoto y usted lo piensa con calma. Si le surge alguna pregunta, podemos hablarla cuando volvamos a vernos.
Persona: Bien, así puedo mirar cómo organizarme. Ahora voy a aprovechar para dar ese paseo.
Publicador/a: Por cierto, no hace falta que intente conocer a todos el primer día. Podemos empezar por conversar con una persona; así podrá ir conociendo a los demás poco a poco, sin sentirse abrumado.
Persona: Eso me tranquiliza. En un grupo grande me cuesta conversar, pero conocer primero a alguien me parece más llevadero.
Publicador/a: Claro, no lo entretengo más. Que disfrute del paseo, Marcos.
Discurso
Datos de la asignación
Asignación: Discurso
Duración: 5 min
Marco de circunstancias: En el Salón del Reino, un hermano ayuda a la congregación a reflexionar sobre cómo las promesas del Reino responden al deseo de vivir en paz y disfrutar del hogar y del trabajo
Texto bíblico asociado: Salmos 46:9 — Él acaba con las guerras por toda la tierra. Rompe el arco y destroza la lanza, quema los carros militares en el fuego. / Salmos 37:10-11 — Solo un poco más, y los malvados ya no existirán; mirarás adonde estaban, y ya no estarán allí. Pero los mansos heredarán la tierra y disfrutarán plenamente de abundante paz. / Isaías 65:21-23 — Construirán casas y vivirán en ellas; plantarán viñas y comerán su fruto. No construirán casas para que otros vivan en ellas ni plantarán para que otros coman. Porque los días de mi pueblo serán como los días de un árbol, y mis escogidos disfrutarán al máximo del fruto de su trabajo. No se esforzarán en vano ni traerán hijos al mundo para que sufran, porque son la descendencia compuesta por los que Jehová ha bendecido, ellos y sus descendientes.
Material oficial: lmd apéndice A punto 23. Título: El Reino de Dios es la única solución a los problemas de la humanidad (th lección 18).
Tener un hogar tranquilo, disfrutar del fruto de nuestro trabajo y ver crecer felices a nuestros hijos. No son deseos extravagantes. Son cosas sencillas que hacen hermosa la vida. Sin embargo, para muchas personas parecen difíciles de alcanzar. ¿Qué tendría que cambiar para que todos pudieran disfrutarlas con seguridad?
Quizás nuestra primera respuesta sea: que terminen las guerras. Y es comprensible. Pero pensemos un poco más. Aun donde no hay una guerra, puede haber violencia, injusticia o temor al futuro. Por eso, la solución que necesita la humanidad debe ir más allá de detener los combates.
El Reino de Dios es la única solución a los problemas de la humanidad. Para entender mejor esta afirmación, fijémonos en el alcance de las promesas de Jehová: qué eliminará y qué permitirá disfrutar. Esa diferencia nos ayudará a ver la paz prometida como algo mucho más completo que la ausencia de guerra.
Empecemos por algo que ninguna familia puede conseguir por sí sola: un mundo libre de guerras. Una persona puede esforzarse por vivir pacíficamente, pero no puede acabar con todos los conflictos. Jehová sí promete hacerlo. Escuchemos cómo describe su intervención Salmos 46:9.
Salmos 46:9 — Él acaba con las guerras por toda la tierra. Rompe el arco y destroza la lanza, quema los carros militares en el fuego.
Notemos dos detalles. Primero, la promesa abarca toda la Tierra; no deja fuera a ninguna región. Segundo, Jehová no se limita a interrumpir una batalla: destruye los instrumentos de guerra mencionados en el salmo. La imagen transmite una idea poderosa: él tiene la capacidad de acabar con las guerras, no solo de aliviarlas.
Pero queda una cuestión importante. Aunque desaparecieran las armas de guerra, ¿nos sentiríamos seguros si hubiera personas empeñadas en hacer daño? La paz también requiere que desaparezca la maldad. Jehová no pasa por alto ese problema. Para ver cómo lo resolverá, leamos Salmos 37:10, 11.
Salmos 37:10-11 — Solo un poco más, y los malvados ya no existirán; mirarás adonde estaban, y ya no estarán allí. Pero los mansos heredarán la tierra y disfrutarán plenamente de abundante paz.
Aquí encontramos algo más que la desaparición de los malvados. También se nos dice quiénes vivirán en la Tierra y cómo será su vida. Los mansos disfrutarán de paz. De modo que Jehová no solo quitará lo que amenaza la tranquilidad; hará posible una vida en la que esa tranquilidad pueda disfrutarse plenamente.
Pensemos en la diferencia entre tener un momento de calma y vivir en paz. Un momento de calma puede terminar con una amenaza o una injusticia. La promesa de Jehová no describe simplemente un respiro. Nos invita a imaginar una vida sin personas malvadas que arruinen la seguridad de los demás.
Ahora bien, una vida feliz no consiste únicamente en estar a salvo. También queremos hacer cosas útiles, cuidar a nuestra familia y disfrutar de lo que conseguimos con nuestro esfuerzo. ¿Incluye la solución de Jehová esas necesidades tan personales? Fijémonos en los detalles de Isaías 65:21-23.
Isaías 65:21-23 — Construirán casas y vivirán en ellas; plantarán viñas y comerán su fruto. No construirán casas para que otros vivan en ellas ni plantarán para que otros coman. Porque los días de mi pueblo serán como los días de un árbol, y mis escogidos disfrutarán al máximo del fruto de su trabajo. No se esforzarán en vano ni traerán hijos al mundo para que sufran, porque son la descendencia compuesta por los que Jehová ha bendecido, ellos y sus descendientes.
Qué interesante: esta descripción no presenta a personas sin nada que hacer. Habla de construir y plantar. Habrá actividad y trabajo, pero no un esfuerzo frustrado. Quienes construyan disfrutarán de su hogar, y quienes planten disfrutarán de lo que produzca la tierra. El trabajo estará acompañado de satisfacción.
Imaginemos a una familia disfrutando junta de su casa después de una jornada de trabajo provechoso. Lo más valioso no sería solo la vivienda o el alimento. Sería la seguridad de poder disfrutarlos, sin que otros les arrebataran el resultado de su esfuerzo. Eso da profundidad a la promesa.
El pasaje también tiene en cuenta a los hijos. Jehová sabe que los padres no piensan únicamente en su propio bienestar; les preocupa el futuro de su familia. Su promesa responde a esa inquietud. Las bendiciones que describe no son impersonales: alcanzan el hogar, el trabajo y la vida familiar.
¿Cómo nos ayuda esta información ahora? Cuando una preocupación nos abrume, podemos identificar qué aspecto de estas promesas responde a ella. Si nos angustian las guerras, recordemos su alcance mundial. Si nos duele la injusticia, pensemos en la desaparición de la maldad. Si tememos por nuestra familia, meditemos en la seguridad que Jehová promete.
Eso no significa ignorar los problemas actuales ni restar importancia al sufrimiento. Significa no permitir que los problemas sean lo único que ocupe nuestra mente. Al meditar en detalles concretos de la Biblia, nuestra esperanza deja de ser una idea general y se relaciona con lo que vivimos cada día.
Por tanto, el Reino de Dios no ofrece una solución parcial. Jehová acabará con las guerras y la maldad, y hará posible que las personas disfruten de paz, hogar y trabajo provechoso. Esa es la razón para confiar en su Reino: sus promesas responden a las necesidades reales de la humanidad.
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