Empecemos conversaciones
Datos de la asignación
Asignación: Empecemos conversaciones
Duración: 3 min
Lección y punto: Lección 3 · Bondad · punto 3
Objetivo didáctico: Muestre empatía. Trate de imaginar cómo se siente la persona.
Marco de circunstancias: En la puerta de su vivienda, un vecino que prepara una prueba de formación laboral recibe por primera vez a un publicador y expresa su temor a sentirse presionado al estudiar
Texto bíblico asociado: 1 Tesalonicenses 2:7-8 — Al contrario, los tratamos con amabilidad, como cuando una madre amamanta y cuida con ternura a sus hijos. Así que, por el tierno cariño que les teníamos, estábamos decididos a darles no solo las buenas noticias de Dios, sino también nuestras vidas, pues llegamos a amarlos mucho.
Material oficial: DE CASA EN CASA. Ofrece un curso bíblico de forma directa (lmd lección 3 punto 3).
Publicador/a: Buenos días. ¿Le viene bien que le explique brevemente el motivo de mi visita?
Persona: Sí, dígame. Estaba repasando para una prueba del trabajo, pero necesitaba levantarme un momento.
Publicador/a: Pues seré breve. Le quería ofrecer un curso bíblico. Podemos leer un pasaje y conversar sobre cómo nos ayuda en la vida diaria. ¿Le interesaría ver cómo sería?
Persona: ¿Otro curso? Bastante tengo con este. Me interesa la Biblia, pero estudiar se me hace cuesta arriba. En cuanto alguien espera una respuesta, me quedo en blanco.
Publicador/a: Entonces, la palabra curso no le habrá sonado muy atractiva. No quisiera añadirle otra preocupación. ¿Lo que más le incomoda es sentir que tiene que contestar enseguida?
Persona: Eso, y que me corrijan antes de terminar. En la formación del trabajo a veces ya están pasando a otra cosa y yo todavía estoy pensando en la anterior.
Publicador/a: Claro, así cuesta hasta preguntar. Si conversáramos sobre la Biblia, podríamos detenernos donde usted necesitara. No tendría que responder para que yo siguiera con lo que había preparado.
Persona: Eso suena bien, pero la paciencia se acaba. A veces uno dice que entiende solo para que lo dejen tranquilo.
Publicador/a: Y yo podría pensar que le estoy ayudando cuando en realidad lo estoy agobiando. Por eso importa tanto cómo se trata a la persona, no solo lo que se le explica.
Persona: Desde luego. ¿Ustedes son testigos de Jehová?
Publicador/a: Sí. Y hay unas palabras de la Biblia que nos recuerdan cómo debemos tratar a quienes enseñamos. ¿Le puedo leer ese breve pasaje?
Persona: Sí, léalo. Pero después tengo que seguir repasando.
Publicador/a: Por supuesto. Fíjese en cómo describe Pablo el cariño con que trataron a aquellas personas, en 1 Tesalonicenses 2:7, 8.
Publicador/a: 1 Tesalonicenses 2:7-8 — Al contrario, los tratamos con amabilidad, como cuando una madre amamanta y cuida con ternura a sus hijos. Así que, por el tierno cariño que les teníamos, estábamos decididos a darles no solo las buenas noticias de Dios, sino también nuestras vidas, pues llegamos a amarlos mucho. Esa comparación con una madre destaca la ternura. No se trataba simplemente de transmitir información; aquellas personas les importaban. En su caso, eso incluiría escucharle y no apresurarlo cuando necesita pensar.
Persona: Aunque tratar bien a alguien no significa que vaya a estar de acuerdo con todo.
Publicador/a: Tiene razón. Y no le pediría que dijera que sí por compromiso. Si algo no le convence, prefiero que lo diga. Podríamos volver al pasaje y ver juntos qué entiende cada uno y por qué.
Persona: Así me resultaría más fácil. Pero ahora no quiero comprometerme a empezar nada; primero necesito quitarme esta prueba de encima.
Publicador/a: Lo entiendo. Le dejo seguir repasando. Si le parece, otro día puedo pasar y vemos un ejemplo breve, sin dar por hecho que quiere continuar.
Persona: Mejor la semana que viene, por la tarde. Para entonces ya habré terminado. Podemos hablar un momento y luego decido.
Publicador/a: De acuerdo, la semana que viene por la tarde. Que le vaya bien con el repaso.
Empecemos conversaciones
Datos de la asignación
Asignación: Empecemos conversaciones
Duración: 4 min
Lección y punto: Lección 3 · Bondad · punto 4
Objetivo didáctico: Hable con amabilidad y respeto. Cuando sentimos compasión por alguien y de verdad queremos ayudarlo, eso se nota en la forma de hablar. Así que elija con cuidado lo que dirá y cómo lo dirá. No diga nada que pueda ofender a la persona.
Marco de circunstancias: En la puerta de una vivienda, un publicador conversa por primera vez con un vecino que acaba de cerrar para que su perro no salga y que discrepa cuando se menciona que Jesús es el Hijo de Dios
Texto bíblico asociado: 1 Pedro 3:15 — Más bien, santifiquen al Cristo como Señor en sus corazones, siempre listos para presentar una defensa ante todo el que les exija una razón de la esperanza que ustedes tienen, pero háganlo con apacibilidad y profundo respeto.
Material oficial: DE CASA EN CASA. En la conversación, mencionas que Jesús es el Hijo de Dios. La persona te dice que no está de acuerdo (lmd lección 3 punto 4).
Publicador/a: Buenos días. Espero aquí mientras cierra, no vaya a escaparse el perro.
Persona: Ya está. En cuanto oye el timbre quiere salir a saludar a todo el mundo. Dígame.
Publicador/a: Quería compartir una idea breve de la Biblia sobre algo bastante cotidiano: cómo hablar sin acabar discutiendo cuando no pensamos igual.
Persona: Pues eso depende de los dos. Si uno quiere tener siempre la última palabra, el otro termina cansándose. A mí me pasa con un amigo; ya hay temas que ni tocamos.
Publicador/a: Claro, uno solo no puede decidir cómo va a reaccionar el otro. Pero sí puede cuidar su propia manera de hablar. A mí me ayuda el ejemplo de Jesús, el Hijo de Dios.
Persona: Ahí no estoy de acuerdo. Para mí, Jesús es Dios, no simplemente el Hijo de Dios. Así me lo enseñaron y así lo creo.
Publicador/a: Gracias por decírmelo. No quisiera hablar de una manera que sonara como si estuviera quitándole importancia a Jesús. Veo que para usted esa diferencia es importante.
Persona: Sí, porque cuando alguien dice que es el Hijo, a veces parece que quiere decir que no debemos darle tanta importancia. ¿Usted es testigo de Jehová?
Publicador/a: Sí, soy testigo de Jehová. Y Jesús es muy importante para nosotros. Aunque no compartamos lo que usted acaba de expresar, quiero entender bien su opinión, no discutir con una idea que usted ni siquiera ha dicho.
Persona: Bueno, yo tampoco sé explicar todos los detalles. No soy teólogo. Lo que no quiero es encontrarme haciendo un examen de mi religión en la puerta.
Publicador/a: No tiene que pasar ningún examen. Podemos conversar sin ponernos a prueba. Precisamente, hay un consejo bíblico sobre cómo explicar nuestras creencias. ¿Le parece que se lo lea? Tiene mucho que ver con lo que usted está diciendo.
Persona: Está bien, léalo. Pero eso no significa que vaya a cambiar de opinión.
Publicador/a: Por supuesto. Se lo leo por lo que me pide a mí al hablar con usted. Fíjese en cómo termina este consejo de 1 Pedro 3:15.
Publicador/a: 1 Pedro 3:15 — Más bien, santifiquen al Cristo como Señor en sus corazones, siempre listos para presentar una defensa ante todo el que les exija una razón de la esperanza que ustedes tienen, pero háganlo con apacibilidad y profundo respeto. A mí esas últimas palabras me recuerdan que no basta con tener una explicación preparada. También importa que la persona se sienta respetada mientras la escucha, y que pueda expresar su desacuerdo.
Persona: Eso está bien. Aunque el texto que ha leído no demuestra que Jesús no sea Dios.
Publicador/a: Tiene razón; no se lo he leído para demostrar eso. Lo he escogido porque explica cómo debo responderle cuando pensamos diferente. La pregunta sobre quién es Jesús merece que la tratemos por separado, no que mezclemos los asuntos.
Persona: Entonces, ¿respetar sería dejar el tema y ya está? Porque con mi amigo hacemos eso, pero tampoco resolvemos nada.
Publicador/a: No necesariamente. Si ambos quieren, pueden explicar sus razones. Pero escuchar no obliga a aceptar. Por ejemplo, usted me ha dejado leer este pasaje y después ha señalado algo con lo que no estaba conforme. Yo puedo escucharlo sin verlo como un ataque.
Persona: Entiendo. A mí me molesta que me interrumpan para responder antes de que termine. Entonces ya no tengo ganas de seguir hablando.
Publicador/a: Sí, si estoy preparando mi respuesta mientras usted habla, puedo perderme lo que realmente quiere decir. Prefiero que me aclare algo a responder a toda prisa y que terminemos hablando de cosas distintas.
Persona: Bueno, ahora sí tengo que dejarlo. Otro día podríamos hablar de por qué ustedes dicen que Jesús es el Hijo de Dios. Pero sin discutir.
Persona: Pero también puede pasar que uno escuche y luego diga algo que duela. Si mi amigo me dice que creo algo porque nunca me he parado a pensarlo, me molesta, aunque lo diga sin levantar la voz.
Publicador/a: Claro, porque en ese caso estaría juzgando por qué usted cree algo, sin saberlo. Hablar con calma no basta si las palabras hacen daño. En vez de suponer que usted no ha reflexionado, podría preguntarle qué le ha ayudado a llegar a esa conclusión. Así tendría la oportunidad de explicarse con sus propias palabras.
Persona: Eso sería distinto. Mi familia me enseñó estas cosas con mucho cariño. Por eso, cuando alguien las trata como si fueran una tontería, siento que también está despreciando a mi familia.
Publicador/a: Ahora entiendo mejor por qué le importa tanto cómo se plantea el tema. Podemos examinar una creencia sin descalificar a quienes nos la enseñaron. Y, si alguna expresión mía le resulta hiriente, agradecería que me lo dijera. Así podría disculparme y explicarme mejor, en lugar de insistir en que usted me entendió mal.
Publicador/a: De acuerdo. Si coincidimos y le viene bien, podemos centrarnos en esa pregunta y examinar lo que dice la Biblia. Por ahora lo dejo continuar. Que tenga buen día.
Discurso
Datos de la asignación
Asignación: Discurso
Duración: 5 min
Marco de circunstancias: Ante la congregación reunida, un orador toma como punto de partida la oración que enseñó Jesús y ayuda a los presentes a comprender qué están pidiendo cuando oran por el Reino
Texto bíblico asociado: Mateo 6:9-10 — ”Ustedes deben orar de esta manera:”‘Padre nuestro que estás en los cielos, que tu nombre sea santificado. Que venga tu Reino. Que se haga tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra. / Daniel 2:44 — ”En los días de esos reyes, el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será destruido ni pasará a manos de ningún otro pueblo. Este reino hará añicos y pondrá fin a todos esos reinos, y será el único que permanecerá para siempre, / Daniel 7:13-14 — ”Seguí mirando y en las visiones de la noche vi venir con las nubes de los cielos a alguien parecido a un hijo del hombre, y le dieron acceso al Anciano de Días y lo llevaron ante su presencia. Y recibió dominio, honra y un reino para que gente de todo pueblo, nación e idioma le sirviera. Su dominio es un dominio eterno, que nunca acabará, y su reino no será destruido. / Apocalipsis 11:15 — El séptimo ángel tocó su trompeta. Entonces hubo fuertes voces en el cielo, que decían: “El reino del mundo ha llegado a ser el Reino de nuestro Señor y de su Cristo, y él reinará para siempre jamás”.
Material oficial: lmd apéndice A punto 21. Título: El Reino de Dios es un gobierno real que está en el cielo (th lección 7).
Es posible repetir una petición sin detenerse a pensar en todo lo que significa. Eso podría ocurrirnos con la oración que enseñó Jesús. Conocemos la petición de que venga el Reino de Dios. Pero, al hacerla, ¿qué estamos pidiendo? Comprender la respuesta puede dar más significado a nuestras oraciones y fortalecer nuestra confianza en Jehová.
El Reino de Dios no es simplemente un deseo de que las cosas mejoren. Es un gobierno real que está en el cielo. No necesitamos imaginar cómo es ni atribuirle características según nuestras preferencias. La Biblia nos permite saber quién lo establece, quién recibe autoridad y hasta dónde llega su dominio.
Empecemos por las palabras de Jesús. Al enseñar a sus discípulos a orar, relacionó el Reino con el cumplimiento de la voluntad de su Padre. Prestemos atención a dónde está el Padre y dónde debe hacerse su voluntad. Leamos Mateo 6:9, 10.
Mateo 6:9-10 — ”Ustedes deben orar de esta manera:”‘Padre nuestro que estás en los cielos, que tu nombre sea santificado. Que venga tu Reino. Que se haga tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra.
Jesús dirige la oración a su Padre celestial. Y, después de pedir que venga su Reino, pide que la voluntad de Dios también se haga en la Tierra. Por tanto, que ese gobierno esté en el cielo no significa que esté desconectado de la vida en la Tierra. Su actuación tiene relación directa con lo que sucede aquí.
Pensemos en una comparación sencilla. Un gobierno no tiene que estar situado en cada localidad para ejercer autoridad sobre ella. Del mismo modo, no sería razonable concluir que el Reino no puede gobernar la Tierra porque está en el cielo. Lo importante es quién le da autoridad y qué alcance tiene esa autoridad.
¿Es realmente un gobierno, o podría tratarse solo de una influencia buena en el corazón? Para responder, fijémonos en cómo lo describe Daniel. El pasaje lo distingue de otros reinos y explica lo que hará respecto a ellos. Escuchemos Daniel 2:44.
Daniel 2:44 — ”En los días de esos reyes, el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será destruido ni pasará a manos de ningún otro pueblo. Este reino hará añicos y pondrá fin a todos esos reinos, y será el único que permanecerá para siempre,
Quien establece este Reino es el Dios del cielo. El texto no habla simplemente de mejorar la conducta de algunas personas. Describe un Reino que pone fin a otros reinos y permanece. Esa comparación nos ayuda a llegar a una conclusión clara: estamos hablando de un gobierno con autoridad real, no solo de un sentimiento.
Además, su permanencia no depende de que otros le permitan seguir existiendo. Jehová garantiza que no será destruido ni entregado a otro pueblo. No hace falta añadir fechas o detalles que este versículo no da. Lo que sí afirma ya ofrece una base sólida para confiar: el gobierno que Dios establece no tendrá un final.
Ahora bien, un gobierno ejerce autoridad sobre personas. ¿Qué alcance tendrá el Reino de Dios? Daniel recibió una visión que responde a esa pregunta. Al leerla, notemos tanto la autoridad que recibe el personaje descrito como la variedad de personas que le sirven. Leamos Daniel 7:13, 14.
Daniel 7:13-14 — ”Seguí mirando y en las visiones de la noche vi venir con las nubes de los cielos a alguien parecido a un hijo del hombre, y le dieron acceso al Anciano de Días y lo llevaron ante su presencia. Y recibió dominio, honra y un reino para que gente de todo pueblo, nación e idioma le sirviera. Su dominio es un dominio eterno, que nunca acabará, y su reino no será destruido.
La visión presenta a alguien que recibe dominio y un reino ante el Anciano de Días. No se trata de una autoridad limitada a un solo pueblo o idioma. Personas de todas las naciones le sirven. Y Daniel vuelve a destacar la duración de ese dominio: no acabará. Su alcance y su permanencia son extraordinarios.
Para completar el cuadro, el libro de Apocalipsis relaciona expresamente el Reino con Dios y con su Cristo. Así, no basamos nuestra conclusión en una comparación aislada; dejamos que los propios pasajes bíblicos se complementen. Fijémonos en quiénes aparecen vinculados con este gobierno al leer Apocalipsis 11:15.
Apocalipsis 11:15 — El séptimo ángel tocó su trompeta. Entonces hubo fuertes voces en el cielo, que decían: “El reino del mundo ha llegado a ser el Reino de nuestro Señor y de su Cristo, y él reinará para siempre jamás”.
El anuncio celestial confirma que el Reino pertenece a Dios y a su Cristo. Podemos reunir ahora lo aprendido: Jehová lo establece, Cristo participa en su gobierno, personas de toda nación están bajo su autoridad y su dominio permanece. Estos son rasgos de un gobierno real. Nuestra confianza descansa en lo que dice la Biblia.
La próxima vez que pidamos que venga el Reino, detengámonos un momento en el significado de esa petición. No estaremos expresando únicamente un anhelo de vivir mejor. Estaremos pidiendo que actúe el gobierno celestial de Jehová y que su voluntad se cumpla en la Tierra. Saber qué es ese Reino nos ayuda a orar con comprensión y verdadera confianza.
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