Tema: “Ya no me sentiré provocado”
Cuando alguien nos hace daño, puede costarnos mucho recuperar la calma. Y, si la ofensa se repite, quizá nos resulte todavía más difícil dejar atrás el enojo. Por eso, nos ayuda conocer cómo reaccionó Jehová cuando su pueblo lo ofendió profundamente. El capítulo 16 de Ezequiel nos permite ver tanto la gravedad de aquella ofensa como el deseo de Jehová de abrir el camino al perdón.
Para apreciar el perdón de Jehová, primero debemos entender lo que había ocurrido. No se trataba de una diferencia de opinión ni de un error sin importancia. Israel se había rebelado contra él. Al describir la conducta de Jerusalén, Jehová utilizó una comparación muy fuerte que ponía de relieve la deslealtad de su pueblo. Escuchemos lo que dice Ezequiel 16:26.
Ezequiel 16:26 — Te prostituías con los hijos de Egipto, tus lujuriosos vecinos, y provocabas mi ira con tus incontables actos de prostitución.
La comparación con la prostitución muestra que el pueblo había traicionado su relación con Jehová. Sus vínculos con Egipto no eran algo inocente: formaban parte de su infidelidad. Además, el texto deja claro que no había sido un incidente aislado. La conducta se había repetido una y otra vez. Por eso, Jehová tenía motivos de sobra para sentirse profundamente ofendido por lo sucedido.
Esto nos ayuda a evitar una idea equivocada sobre el perdón de Jehová. Su disposición a perdonar no significa que sea indiferente a lo que hacemos. La deslealtad le importa, y mucho. No debemos confundir su misericordia con permisividad. Para comprender lo valioso que era el perdón que ofrecería, necesitamos reconocer primero lo grave que había sido la rebelión de su pueblo.
Podemos sacar una aplicación personal. Al tomar decisiones, no basta con preguntarnos si algo nos conviene o si otras personas lo aceptan. Conviene pensar también: ¿qué efecto tendrá esto en mi relación con Jehová? ¿Demuestra que valoro su amistad? Recordar que nuestra conducta puede agradarle u ofenderlo nos ayuda a tomar en serio la lealtad, incluso en decisiones que otros quizá consideren pequeñas.
También aprendemos algo que nos será útil al pensar en nuestras propias heridas. Jehová no negó que hubiera motivos para estar enojado. Reconoció la ofensa y actuó al respecto. Así que imitar su disposición a perdonar no exige fingir que nada ha pasado. Pero surge una pregunta importante: después de tanta deslealtad, ¿querría Jehová mantener para siempre la distancia entre él y su pueblo?
Jehová anunció que Jerusalén sufriría las consecuencias de su conducta. Los mismos aliados idólatras en los que había confiado terminarían destruyéndola y quitándole sus cosas valiosas. El castigo sería severo. Sin embargo, para entender la manera de actuar de Jehová, no podemos fijarnos solo en el castigo; debemos prestar atención a su objetivo. Leamos cómo lo expresó en Ezequiel 16:42.
Ezequiel 16:42 — Saciaré mi furia contra ti y mi indignación se alejará de ti; me calmaré y ya no me sentiré provocado’.
Estas palabras muestran que Jehová no quería prolongar indefinidamente su enojo. Su propósito no era exterminar a su pueblo, sino poner fin a su infidelidad. A largo plazo, quería restaurar la adoración pura después del exilio. Por tanto, la disciplina no cerraba toda posibilidad de recuperación. Aunque había razones para la indignación, Jehová miraba más allá de la ofensa y del castigo que esta merecía.
¿Por qué actuaría así? Porque él recordaría el pacto que había hecho con su pueblo. A diferencia de los israelitas, Jehová demostraría ser totalmente leal. Su reacción no estaba gobernada por un deseo de hacerlos sufrir sin fin. Seguía teniendo presente su propósito y la relación que había establecido con ellos. Qué tranquilizador es saber que su enojo no lo lleva a olvidar su lealtad.
Nosotros no tenemos la autoridad ni el conocimiento perfecto de Jehová para juzgar. Pero sí podemos imitar su deseo de no permanecer enojados. Por ejemplo, si un hermano nos ha hablado con dureza y luego intenta arreglar las cosas, podríamos preguntarnos: ¿quiero recuperar la paz, o quiero que siga sintiéndose mal? Esa pregunta puede revelar qué estamos buscando realmente con nuestra reacción.
Recuperar la calma puede tomar tiempo; no siempre desaparece enseguida el dolor. Aun así, podemos decidir no alimentar continuamente el resentimiento. Jehová nos muestra que tener motivos para estar ofendidos no nos obliga a conservar el enojo para siempre. Y su ejemplo va todavía más lejos: no solo expresó que dejaría de estar indignado, sino que hizo posible que su pueblo volviera a acercarse a él.
Ahí vemos la profundidad de la misericordia de Jehová. No se limitó a anunciar que el castigo terminaría. Ofreció una perspectiva de reconciliación. El pueblo había dañado gravemente su relación con él y necesitaba su ayuda para recuperarla. ¿Qué haría Jehová, y cómo influiría eso en quienes recibieran su perdón? Escuchemos la promesa que encontramos en Ezequiel 16:62 y 63.
Ezequiel 16:62-63 — ”‘Y yo mismo estableceré mi pacto contigo; y tendrás que saber que yo soy Jehová. Entonces, cuando haga expiación por ti —a pesar de todo lo que has hecho—, te acordarás de lo que has hecho y te sentirás demasiado avergonzada como para abrir la boca, de lo humillada que vas a estar’, afirma el Señor Soberano Jehová”.
Jehová anunció que haría expiación por ellos. La expiación es el sistema que él estableció para que seres humanos pecadores pudieran volver a tener una buena relación con él. Así que esta promesa no era simplemente una invitación a olvidar el pasado. Jehová proporcionaría una base para el perdón. Él mismo hacía posible que el pueblo recuperara algo que había dañado con su conducta.
En la época de los israelitas, ese sistema era temporal. Cada año, en el Día de Expiación, el sumo sacerdote ofrecía sacrificios de animales a favor del pueblo. Aquellos sacrificios no podían eliminar por completo sus pecados, pues los animales son inferiores a los seres humanos. Sin embargo, Jehová estaba dispuesto a perdonarlos si se arrepentían y ofrecían los sacrificios que él pedía.
Los sacrificios también les recordaban que eran pecadores y necesitaban una solución permanente. Y, según el pasaje que hemos leído, recibir misericordia no los llevaría a sentirse orgullosos ni a justificar su pasado. Recordarían su conducta con vergüenza y humildad. Esa es una diferencia importante: el perdón de Jehová no convertía la rebelión en algo aceptable; les daba motivos para reconocerla y cambiar.
Al pensar en todo esto, hagámonos la pregunta: ¿qué puedo hacer para perdonar a los que me han hecho daño? Un primer paso es examinar si estoy dispuesto a favorecer la paz. Puedo pedirle a Jehová que me ayude a no alimentar el resentimiento y a reconocer los esfuerzos sinceros de la otra persona por corregir lo que hizo, en vez de descartarlos automáticamente.
Por ejemplo, si alguien se disculpa sinceramente por un comentario hiriente, podemos escucharlo sin aprovechar la ocasión para humillarlo. Y, una vez perdonado el asunto, podemos esforzarnos por no usarlo como arma en futuras conversaciones. No se trata de negar el dolor, sino de evitar que siga dirigiendo nuestro trato. Pensemos en una acción concreta que podamos dar para avanzar hacia esa actitud perdonadora.
Israel había ofendido profundamente a Jehová. Sin embargo, él no quiso permanecer enojado para siempre y proporcionó los medios para que su pueblo recuperara su amistad. Ese ejemplo nos enseña que perdonar no significa restar importancia al mal. Significa no hacer del enojo nuestra respuesta permanente. Agradezcamos la misericordia de Jehová y esforcémonos por reflejarla en nuestra manera de tratar a los demás.
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